sábado, junio 20

LAS UÑAS DE LOS PIES


Contaba las horas para verlo. Con el pelo lleno de escarcha, preguntaba a cada rato "cuánto falta". Las luces de la aurora ni siquiera se asomaban al dolor de la noche, y ya estaba despierta preguntado cuándo serían las once, o las nueve y media, o la hora que mamá le dijera que él llegaría.

Vendría cargado de regalos, infames sobornos prodigiosos, que pretendían cubrir meses de ausencia, que no necesitaban ser cubiertos; porque ella, hija única, tenía en cada minuto de cada hora de cada día, un nombre en su boca. El de él.

No recuerda si "papá" fue la primera palabra que dijo, pero bien podría haber sido esa. Mitad amenazas ("vas a ver cuando venga papá"), mitad excusas ("cuando venga papá, te va a llevar él"), su ausencia se hacía tangible durante los veranos agobiantes, o los otoños mustios.

También podía ser un motivo de orgullo. "Mi papá no está porque él viaja por todo el mundo y me trae unos regalos buenísimos". O una razón para acallar una pelea: "si papá estuviese acá seguro que no contestarías así".

Sin embargo, han pasado muchos años desde esos tiempos en que ella era contestadora, se llevaba los chirlos del cinturón; pero también salía en patas, y con ese vestido blanco de flores celeste lleno de manchas de nesquik, gritando a la tarde, y a quien quisiera oírla que "papá ya vino".

Incluso han pasado muchos años desde aquellos en que papá necesitaba una excusa para regalarle dinero. Hasta que una vez, diciéndolo como una ocurrencia graciosa, papá soltó la frase:

"Cortame las uñas de los pies y te doy cien dólares".

Ella se lo tomó muy en serio. Agarró un banquito, el alicate bueno, ese que a ella no le dejaban usar, se sentó delante de papá, y le cortó las uñas de los pies, cansados de hamacarse horas interminables sobre una cubierta de barco en el mar de los Sargazos, esos mismos pies que saltan a media tarde en el Pireo sólo para comprarle a ella un recuerdo de Grecia.

A veces, ella cuando le agarraba los pies, podía oír las voces que gritaban en docenas de idiomas palabras que con el tiempo aprendería: popa, estribor, abarbetar, gambuza, trinquete, hocicar. O sentir en sus callos la textura de las dársenas de Niza, Acapulco, New Orléans, Port Moresby, Bahía blanca...

Papá era -en su cabeza- una especie de pirata bueno que venía lo más rápido que podía a casa con una bolsa lleno de regalos para ella, su ojito derecho, su hija única, la voz que llenaba su corazón cada tres o cuatro meses.

Pero con el tiempo, ella creció, eventualmente se hizo una mujer, encontró el amor, y lo volvió a perder; y papá un día se quedó en casa, y le propone comer papas fritas a medianoche. Papá sigue ahí, y las palabras con que ella quiere decirle que lo quiere, que lo adora, también se quedaron ahí, en su garganta.

Porque ella ya es mayor, y no anda más en patas ni se mancha la pechera del vestido floreado con Nesquik. Y puede que haya vuelto a hallar el amor; o que el amor la haya hallado a ella, mirá como son las cosas, también al otro lado del océano.

Y eventualmente el amor estará cruzando el mar para buscarla, y tal vez ella no lo sabe, pero se lo cuento ahora si es que me está escuchando: al amor le encantará encontrarla, bella como es, buena como es...

cortándole las uñas de los pies a su padre...

...aunque éste no tenga esta vez los cien dólares para darle.

viernes, mayo 15

METAMORFOSIS

Sí, es cierto.

He abandonado este blog.

Pero no lo he olvidado.

Resulta que desde que dejé de publicar, he sufrido una metamorfosis. Un gran cambio.

Sí, en mi vida personal también. Pero eso no les importa.

Hablo de otra cosa. He pasado de ser "un tipo que escribe" a ser un "escritor". PAra las Navidades de 2010, una (pequeña) editorial de Valencia habrá tenido el mal gusto de publicar mi primera novela, "Atocha".

Pero bien, a pesar de tamaña irresponsabilidad de su parte, yo estoy feliz.

Y quiero compartirlo.

Seguramente algunos dirán "¿y éste quién se cree que es?", y tienen razón.
Otros dirán: "por fin el mundo va a conocer las pelotudeces de este tipo". Y podrá insultarlo por otro medio que no sea internet.
Y algunos, los menos, se pondran contentos por mí.

A todos ellos les agradezco por los motivos que fueren.

Y los vuelvo a torturar con mis letras:

(****)

Cuando cayeron en la cuenta, ya era casi de noche.

Se tomaron otro café, y afuera lloviznaba. Él notaba que ella estaba rumiando algo. Aunque supo lo que se cocía en su cabeza, se hizo el distraído. Era un especialista en eso. Anduvieron por Atocha, la estación, y ella obedeció a un impulso cruel pero puramente de conservación. Pasaron por la estación y preguntó:


- ¿Tienes billete de vuelta?
- No. No sabía a qué hora volvería.
- Ven.

Y lo tomó de la mano. A él le supo a gloria. Esos dedos delgados, diminutos. Esa mano suave que calzaba a la perfección dentro de la suya, que de todas maneras no era demasiado grande. La mente desatada rumbo a no se sabe dónde. Se metieron en Atención al Cliente. Estaba lleno, pletórico de gente. Tomaron un número de esas máquinas que los expenden, y esperaron. Él quería besarla, pero parecía que ella no estaba por la labor. Ella quería besarlo pero estaba extenuada del miedo. Apenas podía moverse. Cuando los llamaron después de un largo rato, ella se adelantó dejandolo con un palmo de narices. Sacó un billete para el último tren. Saldría dentro de seis horas. Pagó ella. Él quedó anonadado.

- ¿Que hacés?
- ¿“Qué hacés”? -imitó ella, mal por cierto, su acento- Nada, es un regalo de cumpleaños.
- Pero si aún falta.
- No importa. Déjame. Tengo ganas. -Él hubiera dejado que ella hiciera cualquier cosa-.
- Pero…
- Pero nada, ¿tanto orgullo de macho ibérico has adquirido en este poco tiempo?
- Me da vergüenza.
- Vergüenza es robar. Yo te hice un regalo. ¿Es que nunca te hacen un regalo?
- No.
- Bueno, estamos debutando.

Él observó silente su boca que sonreía, enmarcada en ese pelo tenebroso y rebelde. Supo que podía amar a esa mujer por mucho tiempo. Pero… algo sobrevolaba en su ánimo. Una especie de zeppelin oscuro y venenoso. Decidió ignorarlo. Con el tiempo, aprendería a ignorar como un especialista este tipo de sentimientos, sensaciones e ideas. Idea entra, idea sale. Cero proceso. Un mecanismo peristáltico. Lo malo sería automáticamente eliminado. Descartado.


Pero aún faltaba mucho para eso.

- ¿Qué hacemos ahora? –se atrevió a preguntar él.
- Tomemos una cerveza y veamos lo que pasa.

Él sonrió, porque eso le recordaba una canción de Arjona. Pero le parecía que había que cambiar cerveza por tequila. Daba igual. Al acabar la cerveza pidieron otra. Al fin lo dejó pagar a él.


Él se puso a recordar a gags de Les Luthiers. Cuando llegó a Yogurtus Unghe, ella se reía tanto que no podía parar. Eva se levantó de repente y dijo…


- Me estoy meando.

- Oh. ¿Y por qué no vas al baño?
- Porque mi casá está a 40 metros. ¿Vamos?

Por supuesto que él asintió. Era un séptimo piso. Lo perseguían los séptimos.

Cuando entraron, Ernesto sintió una desolación única. Eso era una casa, pero no un hogar. Un televisor enorme. Un equipo de música extraordinario. Un sofá bonito, blanco, inmaculado. Dos gatos gordos, castrados, que daban vueltas por ahí y que le daban la bienvenida a Eva. Ella los alzó alternativamente, y les besó las trufas. Le ofreció un té. Él –que odiaba el té- dijo que de acuerdo. Dejó su bolsa castigada por los kilómetros en un sillón y se sentó, callado. Ella tampoco hablaba. Lió un porro. Le ofreció. Él declinó la invitación.

De repente tal vez envalentonada por las cervezas, y el peta, ella dijo:


- No estuvo mal lo de los besos, ¿no?

- Para nada.
- ¿Repetirías?
- Por supuesto.
- Bueno, superemos este momento, a ver qué pasa.

Y ella, ella… ella lo besó a él. Fue como volver a empezar. Como besar de nuevo a alguien por primera vez. Estaban en un nuevo ambiente, un entorno diferente, más acogedor. Se abrazaron fuerte. Ella le lamía los labios y sonreía de un modo leonino. Como una leona satisfecha. Pese al adrenalínico momento, la autoestima de Ernesto no estaba en su mejor momento. Le dolía su sobrepeso y no le dejaba disfrutar del todo el momento. A ella no parecía importarle. De todos modos él se sentía díscolo. Se resistía a su realidad inmutable por ahora.


Tenía que hacer algo. Entonces acudió a sus aliadas eternas, a aquellas que nunca le fallaban. A su Viagra emocional.


Le echó encima a Eva una avalancha de palabras.


Se acercó a su oído, mientras ella lo apretaba fuerte, muy fuerte. Y comenzó a hablar sin rumbo. E hizo la primera pregunta:


- Decime ¿qué sería de nosotros sin nosotros...?


Ella no entendió nada. Y él empezó a escribir. Literalmente a escribirle un relato en el oído. Perdió el control de si mismo, y las perras negras (como las llamaba Cortázar) hicieron su trabajo


- Uno que no entiende las voces del mar no es uno más.... es alguien que busca, en los pliegues de una piel celosa y gris, un minuto de calma. –ella se despegó por un instante de él, y lo miró… él tenía los ojos cerrados.- Porque aún no puedo olvidar, me esfuerzo en recordar lo poco que me queda. Porque si olvidase perdería el rumbo. Si no siguiese buscando escondería a mis ojos la sonrisa. Quien perdiese el rumbo del Haz olvida el rostro de su padre. Quien llorase por aquello que no merecía tener (ni perder) será castigado con más deterioro y olvido.

- ¿Qué dices, cielo?
- Shhh. Déjame seguir. Y citó a Dolina: “Dicen los que saben que en Flores hay una fuente de la vejez”.
- ¿Qué es Flores?
- Un barrio de Buenos Aires. En Flores, casi donde se acaba la ciudad. –bueno, aún le restan a la ciudad Floresta y Liniers antes de entrar en Ciudadela- Una fuente de la que nadie puede evitar beber porque tarde o temprano habrá sed. Y los que beben (o sea todos) están condenados a envejecer, arrugarse, achicarse y morir algún día. Por eso miro la luna una vez más. Y compro la noche con monedas ajenas y gastadas. Ella no quiere más.
- Cariño…
- Aquellos quienes crean que traducir es traicionar comprenderán el dolor de no saber las palabras exactas para decir el deseo. Porque desear es fácil, pero si uno no sabe expresar ese deseo, alto y claro, muy probablemente sucumba ante él sin poder saciarlo. Caprichos de ser occidental, el deseo solo existe en tanto su saciedad, no en tanto su supresión.
- Claro… los orientales escapan al deseo, nosotros somos hedonistas.
- Dejémosle eso a quien usan el ying y el yang, como voces en la niebla. Si quiero esconderme de vos, seré castigado. Si me muestro a vos, seré castigado. Si me quedo quieto, seré castigado.

Se hizo un silencio intenso y sólido como un lingote de plomo. Y ella lo tomó de la mano y lo llevó a la habitación que estaba oscura y fría.


Se tumbaron en la cama. Primero mirando el techo. Ella se le echó encima, muy a su estilo. Él quedó sorprendido. Estaba tan acostumbrado al dominio, a la masculinidad vacía, a la tierna gimnasia, que el hecho de que ella tomase la iniciativa de un modo tan peculiar lo desconcertaba.


Pero lo besaba tan bien…


Hacía milenios, no recordaba cuánto que no sentía que lo besaban con ganas, con algo que va más allá del deseo puro y duro.


Y hablando de durezas. Había una que parecía no haber sido invitada. Él empezó a pensar qué estaba pasando. Cuando se besaban en el parque estaba empalmado como un quinceañero –él pensó dieciseisañero, pero la verdad no sabía si existía esa palabra- Y lo mismo en el sofá. Pero ahora, a la hora de la verdad, estaba extrañamente desangelado.
Pero él sabía que era un mensaje.


Entonces comenzó a desnudarla con una fluidez envidiable –ni siquiera tuvo inconvenientes con el sujetador, joder, corpiño, ya pensaba en castellano- se puso de rodillas en la cama, a su lado… la vio desvestida, radiante, luminosa, extendida a lo largo del tálamo. Y comenzó a besarle el cuerpo con un ardor pacífico deslumbrante. Muy delicadamente, con la palma de su lengua, ajustándose a sus contornos, siguiendo la línea de sus curvas. Era Ernesto que aspiraba a besar sus redondeces. Sí... esas maravillosas formas que la naturaleza creó para el disfrute de los seres humanos. Esas turgencias que se relacionan directamente con la proporcion áurea de Leonardo y Luca Paccioli.

Redondeces.


Redondeces que esconden vidas. Que tienen un interior pletórico de pequeños latidos, y que significan mucho más que la incipiente forma que hoy definen.

Redondeces como las curvas de su cuerpo. Las formas maquiavélicas que le enseñaban que el fin justifica los medios. Los medios de sus redondeces. La mitad de su deseo se escondía en la bisectriz de su piel.


Le hizo una jaula de saliva en el vientre. Y ella se dejaba hacer. Un barrote desde su monte de Venus hasta la base de sus pechos. Y otro barrote. Y otro. Y en la noche tenue y peligrosa, esos barrotes brillaban con un fulgor argentino.


No podía parar de hacerlo. De mojarla con su fluido gris y sustancioso. Con su barba de tres días, un molusco hirsuto recorriéndola de norte a sur.


La belleza mística de una leve pulsión desmedida. La pertinaz angustia de pensar que el instante de la pasión se acabará de un momento a otro.

Entonces él lo prolongaba, y ella se dejaba hacer. Estaba una de sus piernas apoyada sobre el sexo de él. Y percibía esa inmovilidad. Y a ella le resultaba extraño. Siempre que estaban con ella, conseguía volver a los hombres locos de deseo, conseguía que quisieran penetrarla cuanto antes, con urgencia. Y sin embargo él mantenía el control. Y eso a ella, de un modo misterioso, la fascinaba.


Pero él también, no te creas. Él sentía ahora que tenía una misión. Hacerla sentir deseada más que nunca. De un modo salvaje y sosegado, apacible y brutal.

Sus redondeces. Desvaríos. Irrigaban a su sueño milagroso los adjetivos de esta nueva belleza. Redondeces que crecen y si no le importaba a él, ni le importaba a ella, a nadie más le incumbiría.

Formas curvas que llevan el deseo al punto álgido. Arcos derivados que ponían su cuerpo parcialmente en cénit. Eses que formaban sus piernas (las de ella) cuando vencen a la almohada, pero se dejan vencer por su insistencia (la de él).


Ondulaciones sagaces que seducen y atraen indefectiblemente. Ondas en la geografía de su cuerpo infinito, al que solo quería besar para encontrar un tatuaje de estrellas. No rosas. No soles.


Recodos múltiples en la orografía, circunvoluciones en el plano de su desolación infinita. Rizos perpetuos que lo alejaban de la cordura. Vueltas que lo llevaban a un lugar más allá de la prudencia.


La hélice de luces de su boca (la de ella) que lo invitaba a dejar la cautela a un lado y pensar que no es tan rápido este ocaso... que simplemente es el producto de una larga (dulce) espera.


Meandros de un Estige que quería navegar sin remos, empujado solo por las ganas de amar que lo desbordaba. Festones delicados, como el zigzag de sus rodillas. Recovecos misteriosos como el hueco de sus codos, y la elipse de sus axilas. Vuelcos peligrosos como el de sus vértebras asomándose a su piel en el rato en que él le masajeó el cuello.

Parábolas contagiosas como sus nalgas (las de ella) obtusas y tachonadas de sus besos (los de él). Rodeos a la astucia como sus pechos enhiestos y prudentes, que por algo se llaman senos.

Redondeces. Curvas, ondulaciones. Meandros. Recovecos. Recodos.


Sólo hubo una recta en su realidad (la de ellos). Y maldita sea, es la distancia que los separaría horas más tarde.


********

Cuando Eva se puso la ropa, luego de verlo dormir, de escuchar el ritmo de su respiración, de escapar a la tenue ternura que sucede al orgasmo, tomó una decisión.


Se tumbó a su lado. Lo abrazó. Estar con él era peligroso. Olía diferente. Olía a felicidad. Olía a emoción.


Entonces tomó una decisión.


Cuando lo acompañó los pocos metros que los separaban de la estación de Atocha, y luego de besarlo larga, dulcemente le dijo, con la máxima suavidad que pudo:


- Sabes que esto no se repetirá, ¿no?

- Lo sé –dijo él, sin pensar, le habría dicho que sí incluso si ella le pidiese que se zambullera de cabeza al Infierno-. Adiós.
- Adiós, cariño.

Todo lo que se ha contado de esas horas es lo que pudo haberse contado. El resto de los besos, los abrazos, los gemidos, las palabras dichas perezosamente, la noche insidiosa; y el tiempo que no hacía más que correr, queda entre las cuatro paredes de ese cuarto, y en la imaginación del amigo lector.

Cuando el tren se fue, ella lo miró partir, y se puso a llorar mansamente.

("Atocha", Capítulo 6, subcapítulo 66)

viernes, noviembre 14

KA


A mi Ka. Mi Destino


No lo soñé. De ninguna manera. Me encargué de corroborarlo a la mañana siguiente.


Exhibit 1: El dolor de mi oreja izquierda aplastada por tu voz conmovedora y azul como un rotundo y efímero vuelo de alondra.

Exhibit 2: Las palabras del bebé Rocamadour ensillada en mi alma aún, y estribadas en el puente de tu nariz, imitando el acento de él, muy mal por cierto. Tus lágrimas silenciosas al otro lado de donde sea que estés.

Exhibit 3: Pasar de ser unos meros transportistas de palabras sin pulir, a valiente mensajeros de nuestros deseos y emociones.

El testigo puede dejar el estrado.


Ahora, somos protagonistas, a cargo del bote, que ha dejado de estar al pairo.


Y hablamos de vigas, de Ka-tet, de viajes, de voces en la penumbra, de langostruosidades, de qué esperamos y a qué nos atenemos.


Y en medio de una difusa explosión de espacios esponjosos, desbrozamos tortuosos caminos dibujamos una boca sobre la del otro, la que por un azar que no buscamos comprender, coincide.
Coincide


Un mechón de angustia, un disparo de luz, un manojo de verdades. Tus dedos entrelazados con los míos a través del ruido de estática. Tibias matrices que permiten adelgazar la distancia, ponernos los mocasines del otro y caminar entre las ciénagas del pasado.


¿Y por qué no puedo decirte lo que quiero hacer con vos? ¿por qué no puedo decirte lo que quiero que hagas conmigo?


Por qué no dejarnos arrastrar por la marea de seres, a través de los pasillos oscuros de un museo, bebiendo un vino municipal descarriado como mi deseo; atropellar tus miedos en una esquina, y espantarlos con besos furtivos como quien ahuyenta pájaros demasiado ruidosos.
Por qué no podemos hablar de Van Gogh y de sus amarillos recurrentes; y del Guernica de Picasso, y de qué hacer cuando no se puede hacer nada más que amar.


Supe que a tu lado soy como una medusa: un pesado ser amorfo en estado de reposo, relajado, pleno; y a la vez transparente.


Me dejo ver. Deseo verte.


Es una nueva experiencia. Me gusta. Demasiado.


Supe que con vos a mi lado puedo encontrar las palabras que necesito decir... y que se descorchan, en espumante variedad, indiferente a cualquier otro estímulo que no sea tu respiración acompasada.


Porque uno no puede elegir el rayo que te deja estaqueado en mitad del patio. Porque no puede elegir cuándo ocurrirá. Porque no debe hacerlo.


Y porque definitivamente no quiero hacer otra cosa que dejarme llevar por tu voz.


Adonde fuere que me lleve.

Foto: Paraguas intentando escapar, Praga, otoño de 2006

jueves, agosto 28

JULIO, LA FOTO (VÉRTIGO),



Para A.

Todo olía a desesperación. Habían acabado de hacer el amor hacía instantes. Y como a veces suele pasar, se había adueñado del ambiente una especie de aire malévolo que tiene el sabor a la culpa y al desconsuelo.

¿Encontraré a la Maga? Hiciste conmigo algo que no se hace, me mostraste la mujer ideal. Después de eso todos buscamos a la Maga en Paris o en Ciudadela, haciendo huevos fritos, escuchando a los Beatles o a Charly Parker, haciendo el amor en una cama rodeada de libros, sahumerios, un potus, ollas sucias, decenas de vasos con puchos apagados, una novela sin abrir de Roberto Arlt.


En un departamento lejano sonaba Sandro.

"Tengo un mundo de sensaciones"

¿Encontraré a la Maga? Vos me dijiste Julio que podíamos encontrarla, no buscarla, que la Maga iba a aparecer sin necesidad de una cita, que la misteriosa ecología de la ciudad iba a juntarnos. Por tu culpa, Julio, las parejas salen separadas a encontrarse, la ciudad está cubierta de personas con aire desconcentrado que cabecean como un boxeador después de un golpe, que espían en las esquinas buscándola a ella...


Ambos se dieron vuelta hacia sus lados respectivos y se dieron cuenta inmediata y simultáneamente del error. Eran diferentes, sonaban distintas sus respiraciones. Subsanaron ese error volviendo a mirarse y a encontrarse, sonriendo delicadamente.


Te metiste en la vida, Julio, en nuestra vida; en la vida de ella y la mía. No pasa un solo embotellamiento en que no recuerde la autopista del sur; frente a cualquier discusión, particularmente las discusiones tontas, la memoria me dicta elecciones insólitas...

¿Te acordás? A uno le piden que elija y le dan un calentador Primus, una banana, una rubia de costumbres elásticas... Para desconcierto de la población y del obispo local me he quedado con la banana. Me aterra tu posibilidad de vomitar conejitos a la mañana: Julio, ya es suficiente que a la mañana el sueño duele en los ojos o el pis se resista a salir. No puedo perdonarte lo de los conejitos. Tampoco lo del límite.

Hasta que se encontraron. era un algo en el fondo de sus ojos. Él la veía, infatuizado. Sus ojos tenían esa misteriosa cualidad de atraparlo de un modo insondable. Él, que se aburría con cualquier cosa, podía quedarse hundido en esa mirada durante el resto de su vida. Pero en realidad él, no era él... sino otro par de ojos, los de otro hombre que en algún lado, que nos está vedado saber, la esperaban para mirarla así.


Yo vivía tranquilo imaginando esa pared, no tenías que decirme que la pared era una soga que se podía saltar, en ese ring los contornos se pierden, la conciencia se pierde. Vivía tranquilos en nuestro metro cuadrado hasta que apareciste vos. Y con vos, ella... ella, la prueba tangible de la continuidad de los parques.

“El hombre más alto del mundo” como escribió alguna vez mi odiado García Márquez, con los ojos separados como los de un novillo, el brazo en alto señalando hacia allá, hacia allá, a la conciencia, a la soga, a lo extraordinario, lo extraordinario saltándonos encima como un gato, al miedo y a la risa, Julio, Julio... si no fuese por vos, yo no escribiría; y si yo no escribiese, ella no me hubiera leído. Y si ella no me hubiese leído, yo no hubiera tenido ni la más mínima chance de tener una chance.

Cuando Sandro se hubo callado, ella ya dormía.. pero él no podía hacerlo. Un runrun delicado lo estremeció. Había sido descubierto. Ella abrió los ojos. Y lo descubrió mirándola. Lo habían atrapado como una liebre frente a los focos. Ahora sólo restaba el tiro del final.


Ella sabía que esto no debía continuar. Al menos, no de este modo. Había otra gente que la necesitaba. Pero cuando ella miraba el fondo de sus ojos verdes, esos ojos de gato desvelado y lúcido, podía ver la desesperación que dormía en algún rincón, acurrucado. Y de alguna manera no podía dejar de ceder a esa especie de resistencia pacífica que instantáneamente desplegaba en sus silencios, muy escasos por cierto.

Es natural que interpretes esto como un reproche, Julio. Yo quería ser feliz, hacer asados, leer a King o a Grisham, mirar como despegan los aviones en el aeroparque, no necesitar a la Maga, hacer el amor cuantas veces fuese posible, no plantearme siquiera si la vida tiene más de una dirección: tiene una sola, y es el futuro, no hay dos futuros; hay el mío, no hay conejitos en la garganta, no hay instrucciones para subir una escalera.

Yo quería ser feliz, imaginarme hasta acá, no hasta allá, no hasta ella, no adonde nunca podré llegar, sacudirme la libertad como una araña del pantalón. Tirarme la araña a la cabeza, eso hiciste. Pelo de araña, mi cabeza se mueve lentamente, nunca sé en que puede terminar, volverme cursi y niño, abrirme a la confusión. Te imagino, la imagino cada vez que miro por la ventana, o por un tunel o por un ojal, sé de memoria que puedes estar en cualquier sitio, ahora mismo cagándote de risa.

Cagándote de risa de cómo me enamoro, y quiero negarlo, tres veces como un Judas sin siquiera recompensa.


Entonces decidió que ésto se acabaría. Pero él antes hizo algo que ella no esperaba.

Le hizo una foto mental de sus ojos. Esos ojos expresivos y profundos. Esos ojos turbios para hundirse en ellos, y desfallecer, perder el conocimiento, y ahogarse.

Esos ojos a los que él le gustaba mirar cuando llegaba al orgasmo, y a los que se quedaba mirando luego de un rato para poder aprehender ese retazo de memoria.


"tengo un mundo de sensaciones..."


Sin embargo hay ciertas cosas que ocurren a lo largo de una vida juntos (que puede durar tan sólo seis meses y veintiún días) que son imposibles de recuperar.

Y desde el insondable abismo de una cama, alguien tuvo un segundo de estupor. Un vértigo atroz.

Vértigo, Julio.

¿Mentendés?

¿Y cómo hago ahora para decirle que acá arriba no puedo estar solo, Julio? Cómo hago para decirle que ella tiene la clave para que mis palabras se pongan en orden, para que las putas perras negras vengan a lamerme las manos.

Vértigo. Vértigo.

El amor es una enfermedad mental. Y aquí se está tan alto que creo que es imposible volver abajo.



Foto: Terracina, no demasiado lejos de Roma, verano de 2007

jueves, agosto 21

EL MENSAJE




Luciano no veía la hora de salir del trabajo. Cuanto más tiempo pasaba en esa oficina, más oprimido se sentía. Era como una boa que se iba aferrando de él y, desde los pies, lo iba engullendo entre sus músculos fríos y prepotentes.
Hoy era uno de esos días malos. En general, a él le gustaba su trabajo y Dios sabía que era absolutamente suficiente para hacerlo bien, e incluso a veces se sentía sobrecalificado.

Al fin y al cabo, no cualquiera es capaz de hacer conciliaciones bancarias. Es una tarea que exige mucha concentración y a veces un poco de creatividad: identificar que el cheque X se condice con el registro Y en el extracto del Banco Comafi.

Esa tarde se la había pasado escuchando música y marcando con sus biromes de colores en las fotocopias de los extractos (los originales los atesoraba de un modo casi avaro en una cajita cuadrada celeste que le habían regalado); y si tuviese que hacer una presentación, digamos a un gerente (cosa que nunca había ocurrido, pero había que estar preparado para una eventualidad), él podría agarrar los extractos originales, y escribirlos con una lapicera de pluma Mont Blanc que descansaba en su portalápices, una pluma casi virgen de rasgos.

Sonaban los Rolling Stones (Esa tarde había sido una tarde stone, sí señor) y él no paraba de mirar la hora. Se le habían dormido los pies, de tanto estar con las piernas cruzadas concentrado en sus papeles.

Cuando se hicieron las seis, Luciano se levantó disparado como un corcho de champagne, y se puso en movimiento, se calzó su mp3 en los oídos para aislarse del medio, se puso su bufanda al cuello, la campera, saludó a todos con un beso (es la costumbre en esa oficina claustrofóbica donde todos estaban tan cerca de todos) y salió a la calle.

Cuando estaba en el ascensor, a la altura del segundo, le sonó el teléfono. Era un mensaje. Se quitó uno de los auriculares del oído (no se sabe para qué, no había que oír nada, sino leer) y abrió su celular.

El sms decía:

"quiero aclararte algo: está todo bien con vos, pero yo estoy muy enamorada de mi novio, y no quiero hacer nada que pueda si quiera dar un mínimo lugar a perderlo a él y a lo que tenemos. No va a pasar nada entre nosotros, yo te siento un amigo solamente".

No era para él.

Se dio cuenta inmediatamente por dos motivos: uno, no venía de ninguno de sus contactos; dos: que él recordase, no había estado cortejando a nadie.
Pero a él le pareció interesante. Más allá del error ortográfico ("siquiera" se escribe todo junto, no separado como lo había escrito ella) la prosa no estaba mal. Era contundente, terminante, pero conservaba cierta clase de cuidado en la elección de las palabras.

Luciano leyó otra vez el mensaje y sonrió. ¿Quién sería? ¿Quién hubiera sido capaz de enviar un mensaje de este tipo y no verificar una y otra vez que fuese a la persona correcta?

Él, que hacía conciliaciones bancarias, sabía lo importante que es adjudicar a cada uno lo que le corresponde... la aplicación brutal de la justicia platónica. Si el cheque que se le pagó a A, era adjudicado a B, pues se le podía pagar dos veces a la misma persona; o peor aún: podría no pagársele a alguien que lo mereciese.


Como le ocurrió a él. Recibió un rechazo que no se merecía.


Pero volvió a pensar. Probablemente la chica en un arranque de terror (su novio seguramente le miraría los mensajes a escondidas) borró al susodicho pretendiente de sus contactos, y luego escribió el número de memoria para despedirse de él.


Entonces, decidió defenderse de eso. Tomaría el lugar del rechazado, sólo por una vez. Sólo por intentar rescatar al indefenso.

Carraspeó. Pensó.

Y le contestó:

"No me parece justo esto. Primero que nada creo que al menos debieras habérmelo dicho cara a cara. Y segundo, no creas que me voy a quedar así. Te quiero y voy a pelear por vos."

Salió el mensaje.

Se quedó mirando el teléfono como si supiera que iba a responder enseguida. Pero no lo hizo.

Se subió al 23, pagó su boleto y empezó a viajar, sin dejar de escuchar la radio.

Cuando llegó a casa y subía en el ascensor (pareciera que los mensajes de ella siempre llegaban en el ascensor) ella respondió:

"Estás enojado?"

La respuesta de él salió disparada justo antes de meter la cerradura en la puerta.

"No, no estoy enojado, estoy triste. Me dijiste que no eras feliz con él, pero sin embargo querés seguir adelante con eso.
"


Entró a casa, y puso la pava para tomar unos mates, mientras encendía la tele. Su compañero de de departamento estaba de viaje, en La Pampa. Así que tenía la casa para él solo. Puso los pies sobre la otra silla y empezó a relajarse. El día había acabado y comenzaba el rato que él disfrutaba. Miraba a Pettinatto, pero no se reía. No le importaba otra cosa que la respuesta de ese teléfono.

Hasta que llegó.


"Es verdad lo que decís, pero yo lo elegí. Yo quise estar con él. Lo busqué, lo conquisté y lo encontré. Tengo que ser consecuente".


"Consecuente"... brumosa palabra. ¿Quién sería? ¿Qué edad tendría? Si hablaba de "novio", digamos que veintipocos, hasta treintimuchos. La imaginó con el pelo rizado, castaño, una nariz pequeña y respingada, unos ojos verdes o miel; una persona joven que sin embargo ha vivido.

Le contestó:

"Él es un tipo muy afortunado. Demasiado. No sabe lo que tiene al lado. Sin embargo, yo siempre preferiría estar con alguien que sepa qué clase de persona soy, lo que siento. Alguien que quiera un futuro conmigo, y no alguien que viva tan desprejuiciadamente el momento; o que no me trate como es debido"
.

Luciano escribía esto con conocimiento de causa. Había estado allí, en el lugar de ella. Sintiéndose deshonrado, infravalorado, incomprendido.

La respuesta no llegó hasta entrada la noche.

"Me llamás?"

Luciano miró el teléfono.

¿Cómo saldría de ésto? ¿Cómo explicarle a ella que él no era la persona que conocía? ¿Cómo contarle sus propios sentimientos y no los de otro?

Porque de repente leer sus mensajes era como escuchar su voz. Una voz que lo rechazaba suavemente, dando la posibilidad de invitarlo a pelear por ella. ¿Cómo le explicaría que todo comenzó con un error involuntario, una jugada del azar que le envió un mensaje que no correspondía, de una mujer que no lo conocía, pero a la que tal vez podría amar?


No, no podría explicarle eso. Es imposible.

Sin embargo empezó a marcar el número de ella.

jueves, julio 10

LUCILA


Lucila tiene pestañas de fuego.

A veces cierra los ojos y es como si un cometa se te metiera en el pecho y te mordiese los malos recuerdos. Y cuando los abre, los destroza. Cada noche perdida en un lugar desconocido e inhóspito, cada palabra hiriente, cada sensación de soledad, cada momento de desasosiego desaparecen cuando ella abre sus ojos enormes y deshilachados por el dolor, que poco a poco van trenzándose de nuevo.

Lucila no es mía; tal vez no pertenece a nadie; o quizás se esconde en una rendija hecha de otitis, de loción para la pediculosis, de incansables intentos por tener una vida corriente. Pero ella sabe que no es corriente. Porque Lucila es capaz de ponerle esquinas a mi corazón para que tenga referencias en este camino de ceguera.

Lucila raspa el hollín de mi pensamiento para que pueda sentir, me enseña con esas palabras de maestra incansable las luces para que no me choque conmigo mismo. Me invita a destrozar los faroles de la maldita tristeza, y salimos por Avenida de Mayo a hacerle sentir a la gente que es infeliz; o al menos relativamente infeliz.

Lucila convierte una cueva en un refugio; y la calle en un meteorito helado. Me escuece el pecho para curarlo con besos de lilas y dedos de crema del cielo.

Pero hay una razón por la que Lucila me hace sentir vivo cada mañana, aunque la rutina pese y deje de ser lo cotidiano.

Lucila está.

Siempre está.

Acumula penumbras y sueños; adolece de serotoninas y misterios.

Lucila es estrellas y duendes, idas y retornos. Enseña unas palabras nuevas para voces inauditas. Es efervescente y posesiva; desprendida y tranquila. A Lucila le gusta tejer sueños y destejer mentiras ajenas, para anclarlas en una isla de alturas. Lucila te mira y te desmenuza el dolor, y te pone un poco de sol bajo la nuez.

Y pide poco. Sólo una hornalla encendida en el frío de la mañana y un horizonte ancho donde quepamos todos los indispensables. Lucila tiene las manos frías y las botas llenas de polvo por el camino recorrido.

Lucila abusa de los silencios tanto como yo abuso de las palabras. Y ama a las palabras tanto como yo sería capaz de amar a los silencios, si pudiera construírlos, y no violarlos sistemáticamente. Lucila a veces está en soledad y es feliz; y otras transpira para hervir a los demonios.

La piel de Lucila es una bella planicie de tibia arena, con el mar a lo lejos, detras de su cuello; y un cielo azul con una nube en forma de pan.

Lucila es inasible y deliciosamente abrazable. Lucila es una bella incógnita.

Lucila tiene pestañas de fuego.
Y mi tiempo se mide por sus parpadeos.

miércoles, julio 2

XXII.- TRES PATITOS



Jerónimo tenía una costumbre.

Encendía sus apestosos cigarrillos con cerillas que sacaba de una caja grande, y luego de apagados, volvía a ponerlos en su recipiente. Una costumbre realmente desagradable, la única de sus tradiciones en los anales de la historia que podía considerarse irregular.

Jerónimo lavaba los platos siempre con detergente Magistral. Ponía tres gotas en la esponja Scotch Brite, abría la caliente un cuarto de giro, y la fría un poco menos; se calzaba sus guantes amarillos y fregaba siempre en dirección antihoraria hasta que conseguía una espuma amerengada y copiosa. luego enjuagaba comenzando siempre por la parte inferior de los platos, y los colocaba boca abajo (para sus adentros "en penitencia") para que escurrieran.

Luego de ello, iba guardando la vajilla en este estricto orden: cacerolas, platos, vasos, cubiertos. A continuación, procedía a sacar brillo a la mesada de acero inoxidable con Cif cremoso.

Jerónimo no tenía animales, le parecían sucios y desagradables; apestosos y serviles. Pero ante el fortuito encuentro con cualquier bestia de Dios, se apartaba dos pasos a la derecha, siempre a su derecha. y lo veía pasar; como si eso sirviera para exorcizar cualquier otra cosa.

Jerónimo tenía una debilidad: los bocaditos Cabsha. Los compraba de a cajas, y siempre alineaba once (ni uno más ni uno menos) de costado, como si fueran libros, sostenidos por dos casettes viejos, que hacía rato no usaba; ni siquiera le pertenecían, tal vez era de su madre. Uno de ellos era de los Pasteles Verdes, el otro, para serles franco, no lo recuerdo. El resto de los bocaditos los guardaba en algún lugar fuera de la vista.

En la casa de Jerónimo no había sitio para el desorden. Tenía frascos con caramelos ordenados de un modo extraño (pero que él, sólo él, sabía: estaban organizados alfabéticamente por sabor: ananá, café, cereza, ciruela, dulce de leche, durazno, eucaliptus, frambuesa, frutilla, limón, menta). También sus libros llevaban una organización estrambótica: estaban ordenados por cantidad de páginas, de menor a mayor. Por eso "Guerra y Paz", de Tolstoi, estaba en el extremo superior izquierdo, junto a las Mil y Una Noches; y su edición biblia del Decamerón en el derecho.

Jerónimo podía levantarse en plena noche de invierno, y no se golpearía con ningún mueble, ni haría crujir la puerta del baño. Más allá de estar aceitada parsimoniosamente con Tres en Uno, él (y sólo él) conocía la presión exacta que debe ser ejercida para abrir la puerta y cerrarla con el mínimo esfuerzo.

Sus jabones eran todos de glicerina naranja (los compraba de a docenas), su desodorante era invariablemente el Patrichs clásico (el día que dejara de fabricarse, simplemente dejaría de usar desodorante), sus calzoncillos eran todos de la misma marca y definitivamente blancos, y sus medias eran Ciudadela, de algódón, y negras.

Cuando salía de casa, rigurosamente a las 9:23 (podría darle un síncope de retrasarse sólo un minuto) cumplía con el siguiente rito: mullía las almohadas y las guardaba dentro del placard, estiraba las sábanas (a menos que se tratara de un día jueves, en los que cambiaba las sábanas antes de partir, para lo cual comenzaba el ritual siete minutos antes), organizaba sus biromes de colores (las de al lado del teléfono verde), agarraba sus llaves, cerraba el paso del gas, apagaba las luces y cerraba su puerta (primero la llave de arriba, que llevaba pintada de blanco para no confundirse, luego la principal que no estaba pintada de ni

Pero déjenme contarles por qué Jerónimo tenía la costumbre de los fósforos. Había una timba, y no tenía lumbre. De corrida, quiso comprar un encendedor, pero la verdad, no estaba interesado en gastos superfluos. Tenía en su casa media docena de encendedores Bic azules de los grandes (los chicos le parecían una mariconada), por lo que pidió una cajita de fósforos. Le horrorizó el precio de ese mísero recipiente de sólo cuarenta cerillas.

Entonces pidió una grande. La acomodó en el costado de su campera de cuero negra gastada, y a cada paso se producía un frufrú de madera cascabeleando; si es que la madera puede realizar ese sonido.

Sobre el verde tapete, todos lo miraban encender sus 43/70 con fruición; y guardar el palito chamuscado en la caja.

Esa noche ganó casi dos lucas. Entonces, lo adoptó como su cábala. Basta de encendedores Bic azules de los grandes. Ahora iría por el mundo con su enorme caja de fósforos Tres Patitos.

Al fin y al cabo, toda conducta obsesiva requiere de una excepción.

Cada vez que llegaba a la timba, Jerónimo disponía los fósforos sobre el paquete de cigarrillos, tapando la marca. Era inevitable, sabía que los 43/70 no tenían nada de glamour, pero le parecían tan sumamente masculinos que no podía dejar de fumarlos.

Jerónimo había ganado todas las veces que había ido a lo de Hoyos, el bar con estricta prohibición de fumar que por la tarde servía té con masas a las viejas del barrio; y por la noche, después del programa de Tinelli, se convertía en un antro lleno de humo y de cuarentones solitarios que gastaban el tapete.

Había ganado jugando al monte, al tute, al truco, al póker... no había juego que se le resistiera. No es que fuese un gambler exitoso. No siempre ganaba fortunas. Alguna vez había salido hecho, o sólo le había alcanzado para pagar las copas; pero no importaba.

Al Bebe Bazzolo lo tenía de punto. No es que le hubiera sacado mucha guita, pero le había cortado las mejores rachas. Y una vez el Bebe tuvo que pedirle al chofer del 86 que lo lleve hasta San Pedrito y Rivadavia, porque Jerónimo no le había dejado ni siquiera las monedas.

Y el Bebe Bazzolo desde aquella vez lo tuvo en la mira. Una noche, tarde, en la timba, habían parado para comer algo... porque ya llevaban como tres horas dale que te dale. El Bebe por primera vez había ganado algo... estando Jerónimo en la mesa. No era mucho, sería una gamba, o tal vez menos... entonces supo que era su oportunidad. Estaban todos distraídos, y el Bebe dijo que se abría, que se iba a la casa, que por hoy no quería perder... todos saludaron sin levantar siquiera la cabeza: el Turco, el Carozo, Lucho y el Corcho... seguían dándole al cantimpalo y al moscato. Jerónimo no se movió de la mesa, cuando él jugaba, jugaba; no comía nada, apenas se tomaba sus dos dedos de Johnny Walker (Juancito el Caminante, lo llamaba).

Cuando el Bebe pasó por al lado de Jerónimo se oyó un suave siseo, un pequeño roce. Y el Bebe se fue, sin golpear de más la puerta del local aparentemente cerrado.

Veinte minutos más tarde, los cuatro jugadores encontraron a Jerónimo como dormido. La única señal que delataba que le habían cortado el cuello de lado a lado, es la mancha enorme de sangre, que empezaba a coagularse lentamente, sobre la caja de fósforos, y el paquete de tabaco.

Si Jerónimo hubiera podido verlo, se hubiera molestado mucho... él nunca permitía que su paquete de 43/70 se manchara con nada.

Y mucho menos su amada caja de fósforos grande.


Gracias Adriana por dejarme usar a un cachito de Jerónimo
Imagen: Timba en la plaza José Zorrilla de Madrid, una madrugada del verano boreal de 2007

martes, junio 24

LA BELLA Y LA BESTIA




Las pocas personas que me conocen en la vida real (la de verdad) saben a qué me dedico, además de a incordiar a diestra y siniestra.


Bueno, la cuestión es que ayer tuve que hacer un trabajo para un cliente que quería algo acerca de la Bella y la Bestia, el clásico de Disney.

¿Disney?

Nada que ver... la Bella y la Bestia me recuerda tanto a una situación personal que me hizo pensar mucho en la historia de verdad, no la versión edulcorada.

El cuento de la Bella y la Bestia tiene raíces nada menos que en la mitología griega. ¿Mande?

Sí, dándole vueltas al boche comprendí que la Bella y la Bestia no es otra cosa que una vuelta de tuerca de aquella historia de las Metamorfosis (la de Ovidio, no; la de Apuleyo) que se llamó "El Asno de Oro".

En esta leyenda se cuenta que Psique era la más pequeña y hermosa de las hijas de un rey de Anatolia. Como Afrodita es una diosa muy envidiosa (perdón por la involuntaria rima) manda a Eros, su hijo, para que saque de su carcaj una de sus flechas de oro oxidado (¿qué otra cosa es el amor que una herida hecha con algo bello pero degradado, como es el corazón humano?) y de ese modo, Psique se enamorase del hombre más espantoso y malo que se llevase por delante.

Sin embargo, Cupido la ve y se enamora de ella como un perro (no sé por qué me gusta decir que cuando la gente se enamora mucho se enamora como un perro, será por la persistencia que los perros tienen en enredarse con las perras cuando las huelen en celo, pero bien, éstos son rollos míos).

Se enamora porque Psique es pequeña, es bella, es inestable, y por sobre todas las cosas... es lo que el sentido común (su madre) le dice que
no le conviene.

Entonces Cupido tira la flecha de oro oxidada al mar, y la rapta, y se la lleva. Se la lleva porque sabe que este amor puede durar poco, y necesita tener un espacio para ella. Por eso crea un palacio, donde la agasaja. Pero siempre a oscuras. Porque tiene miedo de la ira de su madre, o sea, del sentido común.

Y permítanme hacer una digresión acerca del sentido común.
El sentido común es una serie de creencias que supuestamente tiene la mayoría de la gente y que les parecen un accionar prudente. Dicen que el sentido común se trata de lo simple, o de lo que es más "común" en lo atinente a la distinción cartesiana innata entre lo verdadero y lo falso.

Pamplinas.

El sentido común en realidad, es la raíz, la génesis de la sensibilidad externa. Desempolvando mis estudios de derecho (he tenido la fortuna de explicarle a algunas mentes jóvenes acerca de esto siendo yo mismo una mente muy joven) , el sentido común es lo que se dice hará el Bona Pater Familiae, el buen padre de familia en el derecho romano.

Es decir, la figura del buen padre de familia es quien aplica sus conocimientos con la necesaria sensatez como para conseguir los mejores resultados con los recursos necesarios.

El sentido común, después de reflexionar muchísimo, es un concepto complejo, que (irónicamente) es diferente para cada uno de nosotros.

Reduciendo todo a la mínima expresión, el sentido común es una idea que nos hace sentir cómodos. Si nosotros creemos que "estaremos mejor" llevando a cabo tal acción, ésa es la que deberíamos seguir porque nos produciría menos cargo de conciencia.

Pero volvamos a nuestro cuento. La Bella y la Bestia es un cuento que ha recorrido Europa y mutado de un modo natural con tanto viaje. La versión en la que se basa la película fue escrita por una tal (tomamos aire) Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, a mediados del XVIII. Pero en realidad la Beaumont era una especie de Coelho, porque se apropió de la historia y la simplificó, de las 400 páginas originales (publicada quince años antes por una escritora francesa que se llamó Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve), a tan sólo 64.

Pero, hete aquí, dándole forma al mito una vez más, la señorita Villeneuve no gozó de la fama debida (la que le correspondería al sentido común) por su condición de mujer y escritora en los estertores de la edad moderna. Lo que el sentido común no llegó a comprender del todo es que la autora original también era de una mujer. Pero el sentido común no creía capaz a una mujer de escribir cuatrocientas detalladas páginas.

Pero, entre nosotros, la versión definitiva del mito convertido en cuento, es muy anterior, de Giovanni Francesco Straparola, un escritor del Renacimiento no demasiado conocido (por nosotros que somos unos ignorantes, claro) que realmente fue almoneda de maravillosos cuentistas y dramaturgos como Perrault y Molière, nada menos.

Straparola es de un pueblito italiano bellísimo llamado Caravaggio; al sur de Bérgamo, que es una ciudad un tanto gris, demasiado industrial. Y su obra primordial se llama Le piacevoli notti, que es algo así como Las Mil y una noches en versión italiana, pero originalmente concebida como una sátira del Decamerón, de Boccaccio. Una sátira de una sátira. Divertido.

Pero otra vez me voy de la historia.

La versión de Beaumont, que es algo así como la misma que la de Straparola pero metastizada, con ramificaciones y extensiones cuenta la historia de un mercader que naufraga, y se refugia en un castillo que parece abandonado. El hombre convertido en okupa se adueña del palacio y lo recorre, sorprendido de lo limpio y ordenado que parece. Entonces se dice "ésta es la mía" y se morfa todo lo que puede de la despensa, se revuelca en la cama señorial y al despertar ve un magnífico traje. Se lo prueba, y aunque le sienta un poco grande, no se lo quita; y actúa como el dueño mismo de la casa. Aunque algo en su corazón (tal vez el dichoso sentido común) le dice que algo anda mal. Entonces se hace una mochilita con comida, y se va yendo con paso de murga. Pero recordó a su hija, Bella, que no pidió (como sus hermanas) ningún regalo caro, sino una rosa de las tierras que visitase. Entonces cortó una flor del rosal para llevársela como recuerdo.

Entonces -claro- aparece el dueño del castillo, la Bête, la bestia, que no se enoja por todo lo que ha hecho en el palacio, pero sí por haberle cortado la rosa.

El amo del castillo lo deja ir a casa, pero con una condición: debe volver con una de sus hijas para que tome su lugar. Bella, que se siente culpable por haberle pedido una rosa a su padre; y que la rosa le haya causado este inconveniente, se ofrece a tomar su lugar.

Cuando llega al castillo, Bella cree que será lo último que haga; que morirá. Sin embargo, Bestia la lleva a unos aposentos deliciosos, y le manifiesta abiertamente su amor, ofreciéndole matrimonio.
Ella le dice que nunca podría amarlo porque si no hubiera sido por su severidad, ella estaría ahora mismo con su familia. Conmovido, el amo del palacio le regaló un espejo mágico, que le permitía ver a su familia constantemente.

Entonces volvemos de modo circular a la historia de Cupido y Psique. Lo que importa es poder ver, percibir las reacciones del ser amado, conocerlo, establecer un lazo sensorial que debe ser, en la medida de lo posible, exclusivo. Como Cupido sabía que si su madre Afrodita no veía a su amante, no podría tomar represalias; y como (asimismo) sabía que si Psique no veía que Cupido era bello; y seguía en la creencia de que era una horrible bestia desagradable, ella se sentiría satisfecha, porque se cumpliría (al menos en las percepciones) la orden de la diosa del amor.

Así somos a veces, mostramos nuestra peor cara, a sabiendas de que si mostramos la más bella, corremos el riesgo de ser idealizados, y que la otra parte tema conservarnos. O viceversa, claro.

Por supuesto, estos son mecanismos internos, inconscientes. Emergentes de nuestros deseos.

Sí, ya sé que me enrollo. Al final... ¿de qué trata el cuento?

De entrada, el cuento simboliza la animalidad integrada en la condición humana, que sólo puede ser redimida por el amor. También se vincula seguro con la madurez sexual, y al idea de que todo hombre que sienta un deseo sexual hacia Bella es una bestia.

Literalmente.

Pero si somos un poco menos crudos, o críticos con la mentalidad literaria de esos tiempos, la cosa sería que el sentimiento de la Bestia es primitivo y brutal, pero el amor de la mujer lo transforma en algo humano y comedido, que se cristaliza en la conversióin, el paso de la Bestia al delicado Príncipe.

También se ha interpretado como crítica a los matrimonios por conveniencia. Las primeras versiones del cuento provenían de personas de clase alta del ancien regime francés, donde tales uniones eran habituales. La unión de una chica, especialmente joven, con un hombre mucho mayor que ella, sin su consentimiento, se observa como metáfora en la narración. El cuento critica estas prácticas, pero al mismo tiempo reivindica que, si las mujeres buscan en el interior de sus ancianos (¿eufemismo por "feos"?) maridos, pueden encontrar al ser bondadoso que se esconde tras la apariencia de Bestia. O que ellas mismas consigan esa transformación por medio de su amor

Y como hay gente para todo, no hace mucho descubrimos que existe una especie de Tabla Periódica de los cuentos, un mapa para saber adónde van las historias; y de dónde vienen. Esta clasificación fue creada por un finlandés llamado Antti Aarne (y luego completada por un folclorista americano llamano Stith Thompson) . Esa tabla periódica se llama Clasificación Aarne- Thompson . En ella, la Bella y la Bestia ocupa la la categoría 425A: Animal o Monstruo como novio o amante.

Se los juro, no me lo invento.

En general se trata de tres hermanas. Siempre la más pequeña, Bella, es bondadosa y pura; y por supuesto las otras dos muestran algunos de los peores defectos de la condición humana: que se representan en los pecados capitales, claro. En general Bella no tiene una denominación específica, simplemente es la más chica de las famila, y le dan ese mote porque es bonita, y porque es la niña de los ojos de su padre. La mamá está ausente, y de esa manera se pasan por alto los conflictos que supondría que una madre protectora no estuviera de acuerdo con que la niña se fuera a vivir con un mostro. Aunque la Bestia pueda adquirir un montón de formas ditintas (lobo, víbora, hasta un chancho), el motivo es siempre el mismo: es rico y poderoso, pero nunca bello. En un momento determinado, Bella se separa de la Bestia, que cae, por alguna extraña razón (amor, traición, designios mágicos de su maldición, etc), terriblemente enferma y yace moribunda. Los remordimientos de Bella, ya sean en forma de una simple lágrima vertida o un viaje hasta el fin del mundo por volver con su amado, salvan a la Bestia, y ésta se transforma en un hermoso príncipe. La belleza implícita de la Bestia resurge cuando Bella es capaz de atisbarla bajo la desagradable apariencia exterior.

O sea, cuando por fin ella puede verlo.

Y volvemos a Cupido, Psique, y la percepción del otro.

Pero más interesante es el contexto psicológico. Los hombres suelen ser pasivos; las ancianas poco o nada comprensivas; Bella, la más joven, siempre es pura y virginal, y su mayor deseo es una rosa. Para griegos y romanos, la rosa era el símbolo del placer, asociado al lujo y a la extravagancia. Representaba la flor del amor y el romance. Resalta el amor de Bella hacia su padre, al pedirle que le traiga una rosa.

Por eso, la próxima vez que lleves a tu nene al cine, pensá lo que van a ver, porque puede que en vez de ir a ver "Antz", estés viendo "La rebelión de las masas".


Imagen: estación ferroviaria de Caravaggio, Italia.

sábado, junio 21

ALFA: EL CAOS


"(...) una masa bastante cruda e indigesta, un bulto sin vida, informe y sin bordes,
de semillas discordantes y justamente llamada Caos"
Ovidio, "las Metamorfosis", I, 7.


El caos. La no-oscuridad. La no-luz.
El encendido cósmico (Y cómico) de la leche de la vía láctea aún en off.


Dicen los etimologistas que el caos en griego es "lo impredecible".

Pero en realidad el Caos, posteriormente, en el lenguaje protoindoeuropeo, significó "hueco", "muy abierto". Y como los idiomas son una convención, y a veces las convenciones no llegan a buen puerto, el caos pasó a ser... el desorden.


El Caos es la complejidad de la causalidad. La génesis de un montón de eventos que se confabulan por alguna razon inexplicada y que tienen (tal vez) la capacidad de desencadenar una serie de acontecimientos más complejos.

El bendito efecto mariposa.

¿Y por qué se llama efecto mariposa? Bueno, Ray Bradbury escribió a mediados del siglo pasado un cuento que se llamó "A sound of thunder".

En ese cuento, dos amigos consiguen viajar en el tiempo. En un momento dado ellos matan a un insecto. Y cuando regresan a su tiempo se dan cuenta de que el mundo es sensiblemente diferente al que conocían.
Ese pequeño cambio había sido suficiente para cambiar el universo.
Les pido que recuerden esto: un mínimo cambio suficiente para cambiar el universo conocido.


El bicho era una mariposa.

Una mariposa surgida del Caos, que era el espacio abierto, la pura extensión ilimitada, el abismo.

Súbitamente, del Caos surgió la primera realidad sólida: Gea, la Tierra.

Fue ella quien dio un sentido y un orden al Caos, al limitarlo, e instaló en él el suelo, escenario de la vida.


El Caos era la primera figura de la creación. El que salió de la nada. Y junto a Nix, Érebo y Tártaro fueron la delantera del primer equipo de deidades.


Las tradiciones órficas eran más optimistas, veían el origen de todo en la noche, en Nix. Aristófanes, en su obra los Pájaros, los representaba de este modo, como aves que copulaban y engendraban nuevos dioses.


Los asirios representaban el Caos a través de un dragón de cuerpo desmembrado llamado Tiamat, a partir de cuyos trozos se formó el universo conocido.


Pero a mí me gusta pensar en esa leyenda tal vez no tan conocida.

Dice así: se cuenta que en el inmenso Caos vivía, solitaria y poderosa, la bella diosa Eurínome. Le gustaba mucho bailar, pero no tenía dónde... vivía en la Nada.

Es jodido querer bailar y no tener nada sólido donde apoyar los pies.

Entonces separó el mar del cielo con un tarugo cósmico. Y empezó a saltar, feliz, sobre esas olas. Fue la primera transformación del caos.
Al bailar tanto y tan bien, uno ya sabe, se le empiezan a arrimar curiosos.

El primero que se acercó fue el viento norte. Y la sacó a bailar.

Eurínome abrazó a su fluido compañero y, con manos nerviosas, lo restregó incansablemente, hasta que lo tornó sólido.


Como el universo de esta diosa sólo estaba compuesto por olas y por pasos de baile, naturalmente convirtió el viento en una inmensa onda.

Una serpiente. Ella le puso de nombre Ofión. De ahí la denominación de las serpientes como ofidios.

Ofión se tendió a sus pies y la vio bailar. Y se enamoró de ella. Y mientras la rodeaba con su cuerpo, no pensaron en nada más; y todo volvió a ser caos por un rato. Y la amó, haciéndola engendrar todas las cosas que existen en el mundo.

¿Y qué es el amor más que la degradación de Caos? El poner en orden las piezas sin dejar de ser vulnerables al desamor... el sentir que has llegado a alguna parte aunque no dejes de andar. El estar feliz sólo por el hecho de recibir un beso, de sentirse deseado, de tomar una sopa caliente, de sentirse buscado, y dejarse encontrar.


El Caos, hoy puede ser la vida de cualquiera de nosotros. Algo que surge de la nada, y nos desconcierta. La mentalidad herrumbrosa que nos impide dejar atrás el dolor, la culpa, la anhedonia.

No podemos evitarlo. Es imposible.

Por lo tanto, debemos vivir con eso, manejarlo.
El amor no es lo opuesto al Caos. Para nada. El amor es Caos, es desorden, es pérdida del sentido de las prioridades, es terror a perderla, o perderlo; es esa incertidumbre de no saber por qué te han elegido; es esa sensación de no saber si estás haciendo lo correcto, o si estamos dándonos en exceso o siendo avaros con nuestros sentimientos.

Eso es el amor, amigos. Es astucia e idiotez; es insensibilidad y generosidad; es un golpe en plena cara, y una caricia en el pelo. Es querer ser mejor. Es Querer Ser.

El Caos es doloroso, e implacable.

Es como una máquina de esas que están arreglando algo ahí afuera, y que te lobotomiza, y no podemos hacer nada para detenerla. Pero en algún momento el operario se cansa, o llega la hora de comer, o simplemente el trabajo está hecho. Y el sonido se detiene. Y llega la paz, como suele pasar. Eventualmente la molestia acaba.
Y uno, no sé si por masoquista o por simplemente ser humano, echa de menos ese ruido de mierda. Hasta que lo supera. Pero nunca lo olvida.

El Caos es doloroso, e implacable.


Pero, en realidad, el origen de todo lo bello está en el Caos. En esa mezcolanza ("mezcolanza", brumosa y bella palabra) de sensaciones, sentimientos, emociones y prohibiciones que dejan que surja algo nuevo.

Hoy mismo, quien suscribe, ve el Caos con sus propios ojos. Y le fascina verlo.

Observarlo de frente y comprender que esa impredecible mixtura de sensaciones puede engendrar algo tan maravilloso como unos ojos que te miran en un momento en que deseás ser mirado, algo tan nefasto como la imposibilidad de dejarse llevar por la felicidad, algo tan delicioso como recordar en cualquier momento y en cualquier lugar que a ella no le gusta quitarse los calcetines para hacer el amor, o que es impulsiva, peligrosa y atrevida. Algo tan insignificante como aquello que dijiste hace semanas y es recordado por el otro. Algo tan doloroso como saber que no se puede estar juntos simplemente "porque no se puede". Al menos hoy.


En fin, el Caos es lisa y llanamente la posibilidad de desdoblarse, y de bailar en la nada. De resistirse a la espantosa sensación de no ir a ninguna parte.

El Caos es, y a vos te estoy hablando esta vez. Sí, a vos:

El Caos es la razón por la que te he elegido. Y vamos a salir de él.


Y por supuesto, será bailando.



Imagen: Vista de la costa de Preveli, en Rethymnos, Creta,
en el principio del verano del 2007 (bah, hace un año)

lunes, junio 16

ESCALPELOS


"No podemos arrancar ni una sola página de nuestra vida,
pero podemos arrojar al fuego el libro entero"
George Sand
He tenido una revelación alguna vez.

Mascullaba para mí. Los nombres de eso que llaman Dios están ya escritos.

Hoy sos otra, pero puedo verte brillar en esos ratos de cielo.

Hace frío y me escaldo las manos al no tenerte.

¿Y ahora qué haré con todos estos limones que arranqué? ¿Qué haré con mis mil millones, y con la sonrisa de verte bajar de un colectivo celeste y blanco?

Ochenta y seis veces abrazada, te encuentro sentada en el umbral de una puerta cualquiera.

Y te llevo a una isla desordenada, prometiéndote que nada te pasará, y sin embargo vuelve a ocurrir.

Con los escalpelos de tu mirada, me dejo arrastrar a un nuevo beso, húmedo y esponjoso como las luces de éste, el primer amanecer que no compartimos.

Porque vos eras Eva, yo te escribía sin conocerte del todo. Sos persona y personaje. Sos Vos más que Ella, y me hiciste ser Yo mas que nunca.

Un yo que muere literalmente por tu piel de mermelada.

Pero hemos tomado una decisión. Una sana decisión, a ver qué pasa. Nada es más importante hoy que tu sonrisa genuina. Incluso es más importante que mi amor, mal que me pese.

Y ahora he vuelto a ser hongo por un rato. Un húmedo, pequeño y desgraciado hongo a la sombra de lo que llaman recuerdos.

Sólo espero que esto pase pronto, que vuelvas a sonreír sin miedo y a abrir los ojos bien grandes cuando te pido que me mires.

viernes, junio 13

CUMPLEAÑOS



A ella, cuyo ombligo huele a almendras.

Momento de cambiar el calendario, de invocar el deforme resplandor de la mañana.

Administrar los milisegundos que conforman la distancia en períodos sempiternos.

Esmerilar el dolor, desgastarlo hasta darle la forma de la curva de tu hueso pisiforme... ratificar la perdición de tus codos y alimentar el duelo de tu ausencia con pestillos que se cierran.

Sos proteica, cambiante, versátil, evolutiva ; ora en picos kilohértzicos, ora en profundas fosas marineras. Y a mi me gusta verte mutar, a pesar del constante ardor de esta madrugada.


Afianzar la inconstancia, desinflamarse y enfrentar la rutina, como quien se plantea un salto ornamental.


Porque te quiero de todas las maneras y en todos los tiempos de la historia.

Magnifico la creación de tu sonrisa como quien ve explotar un nido de luciérnagas.

Fotografiar la mera sombra de tus manos. Enfrentar la pantalla donde se proyectan los sueños que no sabemos que existen.

Tomarte lánguidamente la punta de los dedos y recorrer tu mano con los ojos que me brotan de las yemas: falanges, falanginas, falangetas, trapezoide, trapecio, grande, semilunar, escafoides... hasta encontrar el borde de ese hueso que asoma de tu muñeca...

Besarte las manos, recorrer la ermita donde se esconde tu tacto.

Lamer en líneas paralelas tu cuerpo dolorido. Ser el héroe de tus pesadillas.

Remendar las letras que forman tus relatos quirúrgicos y leerlas hasta el hartazgo que nunca sucederá.


Aspirarte la tristeza para ver si puedo extraerla de tu pecho, mientras acariciás el borde de mi maxilar, a contrapelo de mi felicidad.

Espantarme de alegría, espantarte con mis cuidados dignos de Asclepios, y como digno hijo de Apolo, subirme con vos al carro que me lleve al sol.

Dicen que entonces el cuervo era blanco, y se volvió negro por las maldiciones de Apolo. Y como de cuervos se trata la historia, intento recuperar la memoria en cada inflexión de mi voz.

Besarte de manera infinita y sentir la textura de tus papilas en el hueco de mis labios.

Morderte hasta que te duela, y disculparme. Y que a vos no te importen ni una cosa ni la otra.


Verte sufrir y no poder hacer nada.

Esperar a que lleguen tiempos mejores. O sea, éstos.


Melerilar la penumbra. Dejarse ir al profundo sueño.


Y tal vez despertar, en el primer día de tu nuevo año de vida, para estirar tu brazo, compuesto de huesos, piel, carne y uñas, para intentar tocarme.


Casi-feliz cumpleaños, mi amor.



lunes, junio 9

PREVIA ACIS

"Allí donde la roca le hubo herido
de la grieta brotó una caña viva,
de la cóncava boca manó el agua..."
Ovidio, "Metamorfosis", libro 14, canto 3


Acis suele ser el último que se desnuda. Toma ventaja porque disfruta de esa piel que sabe a almendras, a plátanos, a lilas. A cianuro para el desconsuelo.

Acis, a diferencia de Polifemo (quien tiene un sólo ojo), tiene dos. Dos ojos desvelados. Le parecen insuficientes para ver a Galatea en su completitud, que como la palabra lo dice es "más blanca que la leche misma".

Galatea se deja querer. Sería una injusticia si así no fuera. Acis piensa que cada vez puede ser la última (maldito tremendismo) y pone su empeño en la tarea minuciosa de hacerla brillar en la oscuridad. Su pelo desfogado e inadecuadamente entrometido, la enmarca, y sirve de luz oscura en contraste de su piel.

Acis, antes que nada, envuelve en sus manos los pies de Galatea, siempre abrigados no se sabe de qué. Los muerde con desvelo, y la construye lentamente cada vez que la ama, o sea todo el tiempo. Le recuerda todo lo que la echó de menos con una jaula de saliva a lo largo de sus piernas. Trepa sus senos sin mirar hacia atrás y le besa la boca bellamente lujuriosa. Las lenguas tienen vida propia, siempre saben que hacer; y se encuentran y se devastan de deseo. Los labios se desgastan, se erosionan. Luego escuecerán. Ahora no es momento de pensarlo.

Se desploma hacia su cuello, el que moja concienzudamente con el rocío de su boca, para -egoístamente- olerse en su piel. Esto tal vez no se lo ha dicho, pero quizás ella ya lo sepa de antes. A Acis le fascina sentir el aroma de sí mismo, tras el tamiz del aroma de la piel de Galatea; quien, como ya hemos dicho significa "más blanca que la leche misma".

Son infinitos, eternos, implacablemente insolentes. Ambos se deconstruyen para volverse a menear en las sombras de la desesperación. Queda poco tiempo, siempre es insuficiente.

Como aquella vez que lo desafió a ver qué podía hacer en quince minutos. Y a él le tomó catorce volverla a amar minuciosamente, encontrando filigranas de azúcar en sus codos y en las cutículas de sus uñas. Y el minuto restante lo gastó en un cigarrillo a medias y en el abrigo de su espalda indomable como la pampa misma.

El sexo de Galatea es de caramelo y jengibre. Y el pastor embriagado nunca deja de reconstruirlo. Es tan magnético para sus dedos y su boca que ni siquiera se pregunta si algún día podrá dejar de establecer contacto. Es sencillamente imposible. El calor, la resistencia a la presión; las terminaciones nerviosas de la punta de sus dedos, convierten por algún designio insalvable, la carga en otra cosa; que Galatea sabe -él se lo dijo- y a mí no me apetece contar.

Se abren los muros del deseo. Se infartan las resistencias. Dejan de hablar. Comienzan a comunicarse. Suele ocurrir que Acis, con su voz aguardentosa y aniñada no pare de decirle lo bella qué es -teme que ella aún no lo sepa, pero en el fondo de su corazón esa información late-, y también suele ocurrir que ella lo incite a seguir amándola sabiendo que no hace falta; pero a él le gusta tanto...

Dejan de hablar. Y Acis se concentra en ella, mucho más de lo que estaba. Entrelazan los dedos, se miran, implacables, se miran. De muy cerca, y aquí no hay cíclopes. Acis quiere los dos ojos de Galatea. Los quiere para su boca, para su vista. Quiere su sonrisa; y ella muere por la de él. Pero él es arisco, y a veces mezquino, y sólo se la proporciona cuando ni él se lo espera. Y ella es un poquito más feliz si él sonríe. Y él es un poquito más feliz si ella lo estrecha con esos largos y delicios brazos hechos de panaderos (con la semillita y todo).

Porque Galatea significa "más blanca que la leche misma". Como la espuma del lemon pie.

Y a pesar de eso Galatea es café de Eritrea y un ombligo tan hondo como la fosa de las Marianas; Galatea es cerveza negra y cigarrillos mentolados. Es birome negra donde escribe las palabras más maravillosas que he leído. Es angustia implacable. Es dolor y deseo en pugna constante.

Galatea es más blanca que la leche misma. Y Acis supo encontrar su lado oscuro; y se enamoró de él de un modo tan inseguro como enorme. Se enamoró como una langosta, como un mapache, como un panda, como una ameba se enamora de sí misma. Y no quiere que eso cambie bajo ninguna circunstancia.

Acis toma lo que le den. Ya vendrán tiempos de pedir, si es que llegan. Todo es presente continuo y transitoriedad. Bendita transitoriedad.

Acis deja de lado este pensamiento y vuelve a la batalla en el lecho. Él, que será río muy pronto, cuando ella se tome ese colectivo colorado que la lleva a quién sabe dónde, sabe que aún no es el momento de transcurrir. Es el momento de estancarse en la cima de sus pechos, y erosionar todo lo posible. Porque el tiempo corre.

Hay un trámite entretanto. Una espantosa burocracia que ambos desearían eliminar. Pero son responsables de este amor; tanto como lo son de cosas tan terrenales como los impuestos o las vacunas. Y la cumplen gustosos; y a ella le encanta que él haga los trámites tan pronto y discretamente.

Y se produce la transformación. La metamorfósis atávica. Como Heracles al liquidar a las aves del Estínfalo, caen navajas de pluma que los hacen sangrar. Es inhóspito el deseo, no da cuartel, esteriliza el encanto. Es por eso que no se dejan desear. Simplemente cumplen con la función de estrecharse mutuamente, y se debaten en una alegre guerra desenfrenada.

Se invaden, se asedian, se acosan; y nada más cuenta.

Hasta que ella (suele ser ella, lo cual es una gentileza deliciosa para él) le pide que lo haga. Que se meta en sus entrañas y nada más importe.

Y, es verdad, nada más importa. Que ellos dos, claro (¿o debería decir "ellos uno"?).

Y es entonces cuando Acis se convierte en río. Se deja llevar por esa cuenca al lecho. Se deja arrastrar por el brillante despojo de su deseo; que a estas alturas ya es comunión. Se hunde en Galatea, esperando que ella lo mire con esos ojos de ángel magullado. Que abra los párpados dejándole ver el espíritu, y se deje llevar, con él a cualquiera otra parte que no sea la vida real.

Luego puede pasar cualquier cosa. Es irrelevante. No porque no importe, sino porque siempre será la conclusión de algo.

De algo perfecto.

miércoles, junio 4

XXII.- SER PENÉLOPE


"Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos,
que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar;
vió muchas ciudades de hombres y conoció su talante,
y dolores sufrió sin cuento en el mar,
tratando de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros"
Homero, La Odisea, Canto I



¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?

Rescatar del fondo de mi voz tu nombre para repetirlo en cada momento en que te siento lejos; pero a la vez percibir el constante arrullo de las olas en tu llegada.

¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?

Volverme inmortal porque la espera lo merece. Tejer un sudario de palabras para un rey destituido, y no dejar nunca de hacerlo, porque siempre estás llegando.

¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?

Rechazando (sin tolerarlos) a los pretendientes hambrientos que me quitan la comida de la boca, y me acosan sin descanso. Pero aquí te espero, mientras en la oscuridad de la madrugada desarmo las palabras tejidas sin piedad para volver a combinarlas en tu ausencia con la indiferencia de quien espera desesperado, y desarmarlas una vez más en tu presencia susurrándolas en tu oído.

¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?

Enamorarme de tu metis, de tu astucia infinita para que me encuentres en cualquier rincón de una isla, y haciendo (a oscuras) mis sacrificios a Palas para que nunca te desampare cuando remás entre los vientos insidiosos y las voces desconchadas de las sirenas. Y que Zeus Cronida detenga el tiempo para que sigamos jóvenes en el reencuentro.

¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?

Administrar la penumbra para poder ver mi mano derecha escribirte mi amor en hexámetros dactílicos, y borronearlo para que ciertas gentes no lo vean, pero poder hacerlo sin miedo cuando estás cerca. Dáctilos y espondeos, troqueos y cesuras. No parar de escribirte por temor a que cuando deje de hacerlo desaparezcas en la bruma del Egeo.

¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?


Pedirte que salgas de la isla de Calipso, a pesar de que te han ofrecido la inmortalidad; y que escuches a Hermes y construyas tu balsa en cuatro días, que va semirrápida por autopista. Y que llegues a Ítaca a pesar de que Poseidón se empeñe en hundírtela por aquel incidente de los ojos de Polifemo.


¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?


Sentarme a oscuras a escucharte contar tu historia, y emocionarme con ella, y con cada salto, y verte brillar al lado de los Alcinoos y las Nausíacaas. Escucharte hablar de los cicones, los lotófagos, los cíclopes... y pensar en todas las veces que pudiste quedarte allí, pero estás acá.


¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?


Esperarte un rato más hasta que vos rechaces a otra Circe, a otra Calipso, porque sabés que te estoy aguardando, aunque tengas que pasar por el país de los muertos. Encontrar uno de tus oscuros cabellos en cualquier parte; y que eso, solamente eso, baste para amarte un poco más, y un poco mejor. Y que algún compañero de viaje cometa la iniquidad de abrir la bolsa de los vientos y desate una tormenta inmensa. Las sirenas. Escila y Caribdis. La Isla del Sol. Ogigia. Las vejaciones de los orgullosos pretendientes. Nada, nada se interpone al final. Salvo Cronos, que ha sido bueno con nosotros.


¿Y quién dijo que no puedo ser Penélope?


Yo lo afirmo: puedo ser Penélope, en tanto y en cuanto vos no estés acá.


Cuando eso ocurre, enviamos a Euriclea que haga fuego y limpie el patio con azufre.


Cuando eso ocurre, ambos nos damos cuenta de que en realidad soy Odiseo en uno de sus disfraces, y comienzo a destejerte la piel en un sudario de besos.
Imagen: Ítaca, un amanecer de verano de 2006

lunes, junio 2

XXI.- PODER


Poder ser yo sobre vos; y vos bajo mí.


No ser nadie si no sos vos lo que huelo y percibo. Ser mucho más que yo, y menos que un big bang; cada vez que insiste el hielo fuera.

Verte bajo la luz celeste del amanecer; y colorearte los labios. Encontrar cada punto de tu anatomía, y querer comerte de a pedazos.

Porque nuestro amor se rige por el Teorema de Thales: cuando estamos horizontales y paralelos, las transversales de la pasión nos atraviesan y nuestros segmentos correspondientes resultan maravillosamente proporcionales.

Porque nuestra transitoriedad se rige por la Teoría de la Gravedad: nuestros cuerpos se atraen entre sí con una fuerza proporcional a una cantidad llamada masa e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos. Al cuadrado que nos rodea, y que a veces llamamos cama.

Porque la capacidad de nuestro deseo se mueve a la velocidad de la luz, como una constante, independientemente de los movimientos de la fuente y de la actividad del observador.


Porque descubrimos juntos que el principio de Arquímedes se cumple a rajatabla: Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado... y a nosotros nos encanta humedecernos de desesperación; y despertar con el tiempo justo de salir adonde sea que vayamos.


Porque abrazarte está más allá de la distancia y la ciencia. Porque cada vez me cuesta más despegarme de vos. Porque cada vez me gusta más verte sonreír y me escuecen los ojos si no te tengo; y los oídos si no te oigo.

Y me siento tan poderoso y cursi, tan esquilmado en mi dolor, que sólo espero a la próxima vez.

Pero más allá de eso, me enorgullecen tus cambios, tu evolución, tu crecimiento interior. Tu incipiente hedonismo.

Descubrirte.

Oirte verme, verte hablarme, olerte palparme, tocar tu aroma. Sonreís con todos los dientes; y que descubras ese hoyuelo, y metas un dedo allí, para encontrar un vestigio de mi felicidad.

Ser yo a través de vos. Ponerle un almanaque al alma, y contar los segundos hasta el próximo contacto. Almacenar besos y caricias como un hibernante empedernido.

Que me regales un caracol pequeño y vacío, donde podemos esconder el germen de toda esta locura que cada vez es más cuerda, irreverente y sensata.

Porque conocerte, aprehenderte es una ciencia.

Y yo quiero ser el mejor alumno. Porque puedo.

Porque quiero poder. Porque puedo querer.

Poder. Poder ser yo.

Tremendo poder.

Imagen: Peine del Viento, escultura de Eduardo Chillida, bahía de la Concha, Donosti (San Sebastián) 26 de Julio de 2003.

viernes, mayo 30

XX.- ÉL

Resulta que...

Él se levanta cada mañana y toma un café con leche, y te busca, soñoliento, entre las luces que aún no se encienden.
Aún no ha desayunado. Algunas mañanas él te encuentra en una oscura y fría parada y el sol sale de un modo violento, lujurioso, cuando le sonreís.

Él no puede esconderse de tu amor. Vos no podés esconderte del de él.

Otras mañanas, si vos no estás, él camina dando vueltas por su microminimínimo refugio que deja de serlo. Él tiene frío y miedo. Pero por una bendita vez lo enfrenta, como enfrentó al Guernica de Picasso, o a las infames multitudes de Toulousse, en francés y en castellano.

Él ya no habla más inglés, pero habla un idioma mucho mejor, mezcla de gato y liliputiense. Él piensa en función a lo que hagas, sin que quepa lugar al libre albedrío. Y es tan libre al hacerlo que le escuece la piel del cuello si tus manos no la hollan, como quien llega a un nuevo mundo.

Él manifiesta sus miedos como quien mata hormigas, con displicencia y ternura. Con necesidad infinita. Él acaricia cada borde de tu piel ratificando esa malsana costumbre. Él valora tu tiempo tanto como tu experiencia. Tus necesidades como tus palabras. Él desdeña tus miedos, los agota, los enfrenta, los inhibe, los desmenuza con dientes mellados y movimientos bastos, que nunca bastan.

Sus miedos y los tuyos finalmente copulan sin más preámbulos. Y todo está bien. Y nada más importa.

Y él te escribe sin llegar nunca a describirte. Y cuando te escribe, te construye y te destruye a la vez, de un modo inconsistente, como la voz que a él se le pone cuando te aplasta con sus ganas y su aluvión de palabras.

Él se despierta al fin a tu ausencia, o a tu presencia; y desayuna con dos aspirinas, y se va con la boca llena de peppermint de su dentífrico, a falta del sabor de tus besos, a alguna parte; cualquier parte peor porque no estás.

Y luego él hace lo suyo; y lo hace bien, pero no tan bien como amarte concienzuda, redondamente. Hace un castillo de palabras como de cartas, y lo derrumba cada tarde.

Él es infinito e inefable, astuto y pendenciero, ladino y peligroso. Pero a tu lado él es definitivamente mejor. Más humano, más perfecto. Más Él.

Nueve horas más tarde, él regresa a casa, en silencio, escatimando los pasos. Perdiendo lastre, y se eleva catorce pisos hasta una atalaya, desde donde puede avistarte, y concebir los besos que aún no te ha dado.

Él está, simplemente. Y ama esta transitoriedad como vos amás cada poro de sus silencios.

Pero en el fondo él desea que esta transitoriedad nunca se acabe.

miércoles, mayo 28

XIX.- TRÁTAME SUAVEMENTE







Con calma, sin ninguna clase de prisa. Con urgencia en el deseo. Con perezosa indolencia y calculada displicencia.


Sin correr. Presente continuo. No puedo calificar lo que siento al aferrarte con esa tenue crueldad que a vos te gusta tanto. La retrolimentación del deseo. Que me lo pidas. Que yo te pida que me lo pidas.


Se aflojan las articulaciones, y el espanto se caga de miedo. El futuro se empequeñece como el puntito blanco de los televisores viejos al apagarse.


El tiempo carece de sustancia, y de concisión. A veces en 15 minutos construimos un imperio; y otras no nos alcanza la noche para hacer un aljibe donde podamos bebernos.


Me pediste que lo hiciera. Que fuera dulce y delicado; cuando no conozco otra forma de actuar a tu lado. Porque con vos soy blando y apacible; inofensivo y amable. Indulgente y dócil. Sumiso y dúctil. Pero a la vez soy fuerte y poderoso, bizarro y estoico.

Me lo pediste.

Decidiste dejar de creer en ensalmos; y comenzar a creer en alientos tibios, en fueguitos incandescentes, en megas y megas que se traspasan de una boca a otra, de un ombligo a otro, de un sexo a otro.


Y no tememos. Y creemos, y nos curamos mutuamente, sin demoras. Pero con una placidez entusiasta que repercute en el colchón que tras tu paso hiede a almendras, y me concilia el sueño, a falta de toda vos.


Una vez te dije que hasta tu ausencia era bella porque te pertenecía.


Y mientras me regodeo en la falta de vos, como quien espera un banquete, el celebérrimo asunto ha dejado de serlo. Y somos fe, alimento del otro. Y no somos otra cosa que sobrevivientes que perviven en un ocaso pálido.


Pero siempre ocurre algo diferente. Siempre es algo nuevo y mejor. La conciliación de los pequeños objetivos, tan pequeños como la decisión del lado de la cama que ocuparás.


Y sos arena, alisada cada madrugada, por unas manos que saben a sal. Y soy un molusco iridiscente, sólo por el milagro de tu presencia.


Lo que ocurrió es que me lo pediste.

Me pediste que te tratara suavemente.

Y yo pongo toda mi energía en ello.

martes, mayo 27

XVIII.- CAMBIAR




Muerdo los pliegues de tu cálida voz.

Acabás de tener una cita con tu pasado. Y mientras tanto, yo espero en la puerta para que puedas encontrarte con lo que llaman futuro.

Mientras dejo que te caigas al fondo de mi colchón, sacudo las cenizas del dolor, para que no nos dificulten el sueño. Por primera vez te has dormido, te has dejado llevar. Y mi espalda ha sentido la tibieza de tu respiración, y la suavidad de la yema de tus dedos.

A dieciséis cuadras de ninguna parte, me ramifico. Me extiendo para contenerte. Quiero aceptar el encargo de mis sueños; la responsabilidad asombrosa de aferrarme a tu dolor y sacudirlo.

Dicen que el alma pesa veintiún gramos. Puede ser, pero te aseguro que es una carga maravillosa y azul en mis bolsillos. No quiero una mentira sencilla, sino cada una de tus incómodas verdades. Puedo con ellas.

Más allá de las fronteras de tu ombligo estás vos. Cruel bondad, implícitas miradas. Osos panda intentando conectar cada poro del cuerpo, y consiguiéndolo.

Yo no quiero cambiarte, quiero cambiar con vos. Quiero poder decirte "bienvenida a casa", y reescribir una novela en tu espalda, borrarla y volver a empezar. No tener que acompañarte a ningún lado para que te vayas. Disparar contra tu cuerpo pequeños trozos de luna almidonada y algodonosa. Librar una pacífica guerra contra tu lengua (y perderla), y ganar.

Imaginar que la isla es una montaña helada para tener una excusa para abrazarte. Confesarte mis pecados sin pedirte el perdón reglamentario. Aprender a conducir la legendaria espera. Ser tu antihéroe y mencionarte de memoria el sabor delicioso de tu cintura.

Vivir la rutina como lo que es, la pequeña ruta cotidiana. Curarnos en salud. Fingirme omnisciente y afilar la mañana para que sea cada vez más delgada y que no salga de esta habitación en esta hora.

Ponerme en marcha con vos; y que la baca (con b) esté casi vacía (con v). Hacerte brillar. Soltar lastre, incesantemente, hasta planear.

Perderme con vos, para encontrarme con vos. Y lamer tu sonrisa de monalisa hasta escocerte, y curarte con miradas y una manta suave.

Esta vez, el mérito es tuyo. Y yo he dejado de ser un espectador.

En algún momento indefinido, decidiste ponerte en mis manos. En estas pequeñas, inexpertas, tenues manos humanas. Y no hay nada que más quiera en el universo.

Acepto el desafío.

Cambiar para ser nosotros.


Foto: Sintra, Portugal, hace exactamente cuatro años desde el día de hoy.-

viernes, mayo 23

XVII.- ACERCA DE LA SENSATEZ





Sensatez.




Seguro que si abris tu Word 2007® y le das al Shift-F7 te aparecen unos cuántos sinónimos: cautela, moderación, discreción, reflexión, precaución, juicio...



Pero nada como esa palabra.


Sensatez.


Es que pensar en vos todo el tiempo, sin ninguna clase de solución de continuidad es más que natural, más que inevitable, más que coherente. Pensar en la forma de tus codos, en la oscura viscisitud que te trajo a mi isla, en la infalible receta del hado que me cambió el sino, en la luz que emana del espejo malicioso... es mucho más que necesario.


Es sensato, irrefrenablemente sensato.



Cuando pongo mi mano, real o imaginaria, sobre tu pecho sé que tu corazón hace más ruido para despistarme y que no pueda encontrar tu alma, ahí, justo debajo del diafragma, agazapada como la vanguardia de un malón ensordecedor y acojonante.

Pero un malón sensato.

Cuando huelo tu piel, real o imaginariamente, es como si la cabeza se llenase de gelatina de frambuesa, y los ojos se me hundiesen en la nieve, y la nariz cambiase de cuerpo.

Pero te huelo de modo sensato.

Cuando escojo un momento para besarte, real o imaginariamente, y las conexiones neuronales en un cuerpo diferente al mío eligen ese mismo momento para realizar los movimientos idénticos como una danza del Cirque du Soleil, o como un equipo campeón de nado sincronizado, en el fondo de mi occipucio, una pequeña voz me dice que además de natural...

...es sensato.


Y no habría (hubiera) sido de otra manera en otro siglo, en otro planeta, en otra combinación espacio-tiempo.

Es que hay una relación entre sensatez y corazón. Cuerdo y prudente son lo mismo que sensato (o casi) . Y Cuerdo "es quien tiene corazón", quien lo usa. Y acordar en su sexta acepción, el sentido de "volver uno en su juicio" (antiguamente también significaba "despertar" o "caer en la cuenta"); y recordar en su sentido de "despertar" o "volver en sí" (cuarta acepción de la DRAE).

¿Y qué otra cosa estamos haciendo más que despertar?

Salir de un sopor que nos congelaba y nos hacía sentir como liebres frente al buscahuellas; como ratas frente a la serpiente.

No hacemos más que despertar, que volver a nuestro juicio, que acordar, que ser prudentes, sensatos.

Es sensato que ahora vos estés donde estás, y yo acá y sin embargo fuera casi como si estuviéramos juntos, como dos mañanas y una tarde a la semana. O como un sábado suelto. O como... no importa cómo ni cuándo, ni dónde, ni por qué

Sólo sé que es sensato.


Es por eso que te amo.


Sensatamente.



SENSATO viene del latín sensatus, que significa percepción, pensamiento. De la familia etimológica de sensis, "sentir". Pero extrañamente "sensatez" es buen juicio, prudencia, y madurez en los actos y decisiones. El término "sensatez" tiene un origen reciente (no va mas allá del siglo XIX). A veces creo que fue creado para ciertas situaciones como la que describo.
Foto: Michaleteatrkt - Viena, algún día del verano de 2005.

martes, mayo 20

XVI.- METRO PATRÓN




El hombre caminó despacio, recorriendo el pasillo. llevaba un encendedor azul en el bolsillo. Lo había comprado el día anterior. Y jamás lo había perdido.

Ya había visto el Péndulo de Foucault, y había sonreído en soledad. Lo había visto oscilar levemente mecido por el aire que se colaba por las puertas entornadas

Y luego, unos metros más adelante, lo vio.
El Metro Patrón.

Podía saber cuantos kilómetros de vías férreas, calles, veredas, mares, ríos y avenidas lo distanciaban de ella.
Pero no sabía (aún) dónde ella estaba.
No pensó en el tiempo. para él era un enigma. Y en ese momento erra irrelevante.
Pero no era irrelevante su nombre, hecho de ausencias. Ni el color de su pelo, y si le caería en cascadas sobre los hombros o lo llevaba recogido. Ni la marca de cigarrillos que fumaba, ni si fumaba. Ni cómo sonreíria cuando lo abrazaba y fingía dormirse. O tal vez no podía hacerlo de tan cerca que estaban. No era irrelevante el voltaje de los besos.
Era tremendamente relevante cómo decidiría ella llamarlo un día, cualquiera; y más, cómo decidiría no llamarlo.
Era implacablemente cierto si pudiese o no escribirle una carta llena de colores y humo. Era valientemente esencial qué paredes los rodearían; y el estado del tiempo, y el café de Eritrea, y las galletitas de cereal. Y el implacable rozar de sus manos (las de ella) en su espalda (las de él).
Si podría quedarse o no esa noche con él, eso sí era importante.
Sí era importante el olor a almendras de su pelo; y el aroma a lilas de su piel. Y si algún día le diría que se había llevado el perfume de él en sus manos.
Lila, felicidad. Almendras, persistencia. Su perfume, un recuerdo.
Con él podría medir de manera casi perfecta la distancia que la separaba de ella, a la que aún no conocía. Podría tener una referencia precisa de hasta donde llegaba su voz, la que quiso conocer, ansiosamente, al conocerla.
Podía saber cuánto medía el Everest, cuál era la magnitud del largo de sus piernas, cuantes veces su lengua húmeda cabía en ese trozo de metal, cual era la distancia entre las cimas de sus pechos deliciosos, cómo de largos eran sus propios pasos cuando fuera a su encuentro, las veces que entraba ese pedazo perfecto en la distancia que había entre la puerta del baño y la cama donde la esperaría,

Todo eso, para todo eso sirve el metro patrón de París
Y sin embargo sigue siendo inexacto.

Pero no sabía (aún) dónde ella estaba.



Foto: Metro Patrón. Bureau International des Poids et Mesures
(Oficina Internacional de Pesas y Medidas), barrio de Sèvres, París, verano de 2006.
Hace 25 años, el metro equivale la distancia recorrida por la luz en el vacío durante 1/299 792 458 segundos, ó 3,34 nanosegundos.
Pero sin embargo, ese objeto sigue estando ahí, a la vista de todos. No puede tocarse, pero casi. Es de una aleación de platino e iridio, para resistir a las variaciones atmósfericas. Y está encerrado en cristal. Me imagino, que para que yo no lo arranque y me ponga a medirlo todo.


Y sin embargo, sigue siendo inexacto.

lunes, mayo 19

XV.- EL SITIO


Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa
de que se componen los sueños
es el más arduo que puede acometer un varón,
aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior:
mucho más arduo que tejer una cuerda de arena,
o que amonedar el viento sin cara.

Jorge Luis Borges, "Las ruinas circulares".


La segunda es la vencida. El ariete que he construido con mis manos se abalanza, oscila impertérrito frente a la puerta de tus miedos.



Estás sitiada. Voces pequeñas, y mayores; exigencias y horarios.
Cercada por el espanto de no haber elegido muchas veces; y otras haberte equivocado. Mientras tanto yo rodeo tu muralla y construyo una isla para que vengas a habitarla con tus besos de sobre, y de sobra.


Estás herida, pero no de muerte, ni mucho menos. Estás herida de rutina y de tedio. Y yo con mi ariete le grito a los guardias de la torre y arrojo piedras de memoria.


Hasta que la memoria nos sea insuficiente.


Estás encerrada en un compás de viento y magnolias, envuelta en tu olor a lilas, que ya me pertenece.


Estás ceñida en tu dolor infalible, en las miles de veces que no fuiste Vos, ni nadie.


Estás circundada por las esquirlas de la soledad, y sin embargo no estás sola.

Estás circunvalada por el deseo, y sabés que tu interior late, como una estrella naciente.


Estás aislada por mis miles de palabras, por mis centenares de idioteces, por mis agónicas referencias temporales. Y vos no querés saber nada del tiempo, más que la irrelevante sensación de que es finito; y el implacable brillo de las cifras del microondas.


Estás incomunicada. Especialmente cuando me hundo en vos y nada vale más que ese disparo atroz del atardecer, y esa ubicuidad, esa bendita sensación de estar donde debés estar, detiene el tiempo, lo unifica. Y el atardecer llega en todo el universo. Soles que se esconden en todas partes, mientras brillan dentro nuestro. Tiempo y espacio en pausa.


Estás arrinconada. Y es tan fuerte el deseo contenido, y compartido que ambos buscaremos otra cama para que sea la misma. Una cama aparte de la de los desengaños, un tálamo que haya que construir de a dos.


Estás -como yo- confinada a la espera, a que llegue un martes, un miércoles, un viernes, o un sábado suelto como remolinos, una tarde adicional de regalo. Y que las plegarias que nunca se han dicho se cumplan por ensalmo. y otra vez una mano, y otra y la carne enferma de injusticia por la lucha vencida.


Estás bloqueada, y das el salto a cualquier cosa que te traiga a mí. Incluso cuando no venís. Incluso entre caníbales. Incluso cuando me incluís en tus sueños. Todo es transitorio, todo es presente continuo. Y así debe ser por ahora.


Estás acorralada por la maldita necesidad de dormirte en mi almohada, y despertarte, y que sea otro día; y nada haya pasado más que el transcurrir de la noche, sólo eso. Y bebo de tu taza, y muero todas tus pequeñas muertes, para vivir más tiempo.


Estás siendo asaltada por el sudor, por la angustia de lo inexorable. Y yo me quedo mirando las estatuas de bronce de tus sueños mientras caminás, rápido a la penumbra. Pero no suelto mi ariete. Es mi arma de caramelo, mi cañón de hojalata. Y vos, como me dijiste, en otra vida has sido un soldado romano, o un guerrero galo. Y no querés ni podés defenderte. Porque yo sin quererlo, sin pensarlo siquiera, construí un mundo de palabras y perfumes. Y dejamos intactas las ruinas circulares.

Y lo único que se oye es el ruido del ascensor, subiendo y bajando.


Estás asediada por el rumor de las olas de un mar medio marrón que echás de menos. Por la desazón de que nunca sea suficiente, que siempre sea demasiado. De que cuando nuestros dedos se entrelazasen no existirá thinner ni removedor que nos despegue. Bocas que saben a desesperación y a ausencia.


Estás apremiada, amenazada, empujada, constreñida, compelida, intimada, forzada, violentada, boicoteada, sitiada... por esta realidad difusa que habla de bancos y caricias, de besos inevitables y abogados. De quince gotas y abrazos siempre en cuentagotas.


Estás sitiada. Estás, constantemente, envuelta en mis brazos.


Y cada momento que eso ocurre... estás curada.



Foto: Atardecer en San Rafael, Segovia, un día cualquiera de abril de 2004.-

viernes, mayo 16

XIV.- DIVINA COMEDIA


Infierno: Todas y cada una de las horas en que no te abrazo, todos los segundos en que no respiro tu aliento. Todas las miradas tuyas que me pierdo. La memoria compartida. Los libros que no he leído junto a vos. La noche estrellada. Leer tus (ya) viejas cartas sin poder responderlas. Sacudir mis palabras en un sólo sitio. La (cada vez menos frecuente) idea de que no seas real. La (cada vez mas frecuente) idea de que todo es transitorio.
La noche golosa y metonímica. Sentirme embalsamado y momificado si no estás cerca. El dolor de la yema de mis dedos si no pueden dibujar en tu espalda dinosaurios y piyamas. O piyamas de dinosaurios. O dinosaurios en piyamas. O nada que pueda comprenderse si no es leído por mí. No poder callarme cuando debo. Querer decir, y decir. Ser inapropiado, oneroso, impaciente, incauto, arriesgado, decidido, indeciso, idiota y genio; estar perdido sin vos, y orientado hacia vos.
La senectud que me invade cada vez que tomás distancia. El magnífico, tremendo, licencioso sufrimiento de la distancia misma.

El no-Vos

Purgatorio: La espera silenciosa y risueña. El contacto de otras manos que no son las que espero, las que saludan cordiales, las que te dan una palmada en la espalda, las que te alcanzan una birome. Y ninguna de ellas es la tuya. El precio de tu piel. Tus dedos rodeando una taza de café bien caliente. Que tu pelo se meta en mi boca, aunque nunca sé si eso es lo que ocurre. Que mi isla se llene pájaros enormes que intentan completar tu ausencia (y no lo logran). El rejuvenecimiento paulatino cuando vas llegando. Intentar callarme y (apenas) conseguirlo.
El camino recorrido sin poder hacer más que hablar, y proyectar. No proyectar. Equivocarme y rectificarme, cometer las peores iniquidades y que sepas enseñarme cómo se hace.
Cambiar cada vez para ser igual a lo que era. Arrastrar mi piedra, para que vuelva a caer, y volver a subir, y volver a soltarla. Saber que estás viniendo hacia aquí, y no poder pulverizar esos minutos, esas horas, esos milenios que faltan para el encuentro. Saber que nos queda mucho pendiente; y sin embargo, nunca es suficiente. Soñar con viajar con vos.

El casi-Vos.

Paraíso: Que de a poco, muy suavemente, casi imperceptible, pero sensiblemente, el olor a neumáticos quemados se vaya de tu cabeza. Las veces en que decidís besar, que coinciden exactamente con las veces en que quiero ser besado. Una cicatriz que sabe a gloria. El lunar de ese jugar que sólo yo conozco, la geometría difusa de tu vientre. La curva de la proporción áurea de tus pechos infinitos. Tu voz en el amanecer y en el ocaso, momentos donde invariablemente estás conmigo, sea o no cierto. Tu mirada y tus palabras, juntas o por separado. Los sonidos que emitís aunque no quieras.

La mitad de mi deseo se esconde en la bisectriz de tu piel. La belleza mística de una leve pulsion desmedida. la pertinaz angustia de pensar que el instante de la pasión se acabará de un momento a otro.


Tu cuerpo al trasluz de la memoria; y bajo la penumbra de alguna ventana de cortinas blancas. Querer fascinarte. Querer decirte y no poder. Poder callarme cuando sea indispensable. Que siempre sea bueno, que siempre sea mejor.
Tus uñas en mi espalda.
Tu (mi) boca en todas partes.

Vos.


Foto: Fresco de la Casa de Dante Alighieri en Florencia, julio de 2007.-

miércoles, mayo 14

XIII.- (AL OTRO DÍA DEL) MARTES (TRECE)



La duda ha muerto. Occisa de toda mortandad.

Acabo de enterrarla sin honores, sin banderas, sin coronas.

No niego que me han ayudado. Que unos ojos que he visto noches enteras en mi mente usaron una enorme pala para tapar el cadaver jactancioso de una vieja conocida. Y darle paso a una certeza trémula pero segura.

La duda se aparece a veces. Pero es sólo un fantasma. Vestido de azul, que es su color favorito.

Con una voz herrumbrosa que no quiere callar. Que pregunta. Y yo odio las preguntas si no la hacés vos.

Me arde la garganta de deseo. Y se me seca la voz de nombrarte.

Y me desarmás y me armás. Y yo te complico la vida. Y vos me la simplificás. Y me encanta que pase eso.

¿Adónde ir? Qué lugar ocupar? cómo enseñarte el camino?

Como un drácula en pantuflas dudo entre besar tu cuello y morderlo. Beberme la desolación o disparar contra ella.

La duda está perdida. Y su fantasma ha grabado en la parte interior de mi cráneo: tus ojos y tu boca. Tus manos y tu cuerpo, una foto del deseo.

La duda ha dejado de existir.

Ahora que su silencio habla por los dos, me permito pensar en ella como el primer segundo. Y soñar con que no la he visto nunca. Con ese encuentro que rompió el cristal de la duda y me permitió darle cara y ojos a un deseo.

Voy dejando un rastro. Un aroma turgente y capcioso. Algo que se me nota.

No puedo dejar de pensar en ella. Pero por alguna razón que no pretendo descifrar, eso me calma, me seda como esas gotas mágicas que te ayudé a encontrar.

Ella me dio una tregua, sin haberla pedido. Me dio una bandera blanca para que yo no sepa qué hacer con ella. Y me rendí sin rendirme. Y ella durmió unos pocos minutos en mi almohada, antes de irse a un lugar que tal vez nunca visitaré.

Una sábana para empaparla con la sangre de este calamitoso deseo.

Repetía mis palabras como una letanía, y se hacía mía por ello. Su voz apenas cascada por el tabaco, y su lengua que nunca llegaré a conocer del todo.

Por otras razones a las de quienes cantan el dolor, me hizo perder las ganas de dormir y cinco kilos.

Ella tocó las mejores teclas de mi y me convirtió sin saberlo siquiera, en un hombre. Dos hombres. Un deseo. Su hombre.

Y por sobre todo, me dio un regalo que uno a veces no puede permitirse.

Me regaló su aroma.

Me enseñó a pensar en binario. Me formateó el alma. Me despertó la memoria. Abrió la caja de Pandora.

¿Y ahora que hago yo con mis demonios, y todo un fin de semana?

La respuesta la conozco. Me siento a esperar a que aparezca.

El hombrecito verde.

Ese que me dice que ella ha vuelto.
Foto: Apartamentos Hundertwasser, en Viena, algún día de marzo de 2005

lunes, mayo 12

XII.- TORRES (QUE SE DERRUMBAN)





Feel the breeze deep on the inside,
Look you down into the well
If you can,
you'll see the world in all his fire
Take a chance
(Like all dreamers can't find another way)
You don't have to dream it all, just live a day
"Save a prayer" Duran Duran




Una casa vieja. Pero sólida. estatuas de bronce en corro, y manifestaciones absurdas. Se apagan las luces del oprobio, y se encienden las contradicciones como huellas fluorescentes.


No hay mar, pero algo susurra bajo tu piel.



Un río de voces silenciosas. De algún modo sabés que hay que correr.



Y yo rezo, porque no puedo meterme en tu sueño. Y bucear en las aguas gelatinosas de tu espera. La luz se desangra, y el suelo tiembla... y vos te aferrás a lo que más querés y corrés, levitando en el lodo opaco del atardecer.


Que seas la mujer de mi vida. Ser el hombre de tu vida. Escapar a los planes, como quien escapa de la peste; y sin embargo saber que siempre estaré allí, y vos acá. Cerrar los ojos a tanta angustia y abrazarte cuando llores. Y que sepas tocarme cuando más lo necesite. Escandalizarnos por el tiempo que nos separa, cuando debería preocuparnos el espacio.

Y vos corrés, para ponerte a salvo de tu propio padecimiento. Arrastrando tu amor por el fango, pero salvándolo al fin.


Sin escatimar movimientos. Cumpliendo con las rutinas del alma.


La inexorable naturalidad de nuestros actos. Escudriñarte al llegar y ver que nada ha pasado desde que te fuiste. Que se me llenen de amor los ojos al pensarte. Martillear la vida entera para clavar ese clavo herrumbroso y torcido, pero nuestro.


Más allá del espectro visible, unas manos descansan de las caricias a dar y recibir. En posición de reposo, me permito estrecharlas, tomando el dolor, y calentando en aquel dantesco azul el punzón de las miradas insidiosas.
Una canción se pierde en el océano y no llega a ser ni siquiera señales de humo.
Trece pasos directo a tus entrañas. Y a mitad de mi camino, o tal vez al principio, sólo la posibilidad de encontrarte, por un breve lapso. Por un rato perdido. Por una mirada.



La combustión se alimenta de voces ausentes. De palabras perdidas en una marisma.


¿Cómo saber? ¿Cómo entender que hay un mundo posible para los dos?

Una noche no demasiado lejana, el viento me mostró que la sal puede volar.
Que la espuma que forma la sal en las marismas, es objeto de castigo del Levante atroz y desdichado, que sólo sabe soplar para llevarse todo.

Desdichas y alegrías. Adversidades y angustias. Esperas y encuentros.

Sólo por un rato soy un prometeo, con el fuego robado (siempre) a otros. Y tu luna se apaga por un rato, mientras se confunde con las pavesas que te traigo.


Allá voy con un tizón en la mano. Las ascuas de tu luz me guían.

Y sin embargo, la torre aún no se derrumba. Se raja considerablemente, se disloca, se desconcierta... pero al rato vuelve a ser torre e impotencia, sustancia e iniquidad.

La torre no se derrumba.

Sólo por hoy.

Porque mañana yo estaré allí, para abrazarte cuando el estruendo se produzca.

Tengo mi propio fuego. Y sólo necesito tu combustible.

Nada más importa. Salvo despertar.


Foto: Torre a través de un agujero, Praga, otoño del 04

sábado, mayo 10

XI.- CURVAS



A veces hay curvas. Momentos de la vida en que es necesario mirar a un lado y a otro... quitar despacio el pie del acelerador, y llevarlo suavemente al freno, apenas... acariciándolo, dejando que el ABS quede inmóvil y ocioso. Ni siquiera hace falta el embrague... sólo soltar el acelerador, que venía a fondo y tocar el freno. Sobarlo con la planta del pie, como haría un talabartero con ese cinto de cuero que está haciendo tan bien, o como el diamantista de Amberes, al despolvar la primera faceta del Koh-i-noor.
Frenar uno mismo para disfrutar del paisaje. No es cuestión de detenerse. Dios nos libre.
Disminuir el ritmo vertiginoso, para entrar en una sobredosis de ambiente. Encontrar el espacio justo para el rebaje, sólo una velocidad. Bajar las ventanillas del alma, y aspirar hondo. Muy hondo.
Acceder a la desesperación, sólo por un segundo para contrastar el piloto de hoy con quien era el que conducía ayer. Dejarse llevar por la inercia infinita y poderosa. La fuerza de los que carecen de fuerza.
Y no importa si uno va a bordo de una Masseratti o de un Dodge Polara. Uno puede frenarse igual, desentumecer las rodillas, arrancarse un cacho de corazón como quien escupe; y arrojarlo por la ventana.
Fuera lastre.
Volver a mirar esos ojos y descubrir que todo está bien, que no no hace falta correr, que llegaremos a tiempo. Sea donde fuere que vamos. Que siempre estaremos llegando.
Y así, casi de un modo natural, tomamos la curva, aprovechamos un poco la cuerda, sólo por incordiar; sentimos la deliciosa ausencia de peralte... accedemos al final, con un breve, leve, suave inclinar de cabeza, y una media sonrisa se nos adelanta al movimiento... leonino, impecable.
El paisaje por momentos se mueve raro. Pero me encanta cómo se mueve. Estoy absolutamente fascinado. La curva se acaba... estuvo muy bien.
Y el mundo no puede creer que esto ocurra. Y a nosotros nos tiene sin cuidado. Le regalamos a los demás los temores, envueltos en papel azul y entramos en la recta.
Pero, en realidad, pese a que tenemos velocidad de crucero y todo nos parece perfecto, seguimos esperando otra curva. Para volver a mirar el paisaje.
O, eventualmente, los ojos del otro.

Foto: No tengo idea, pero fue entre Santander y Huesca, en alguna mañana de 2004. El que lo pintó era un poco perezoso, ¿no?

viernes, mayo 9

X.- PERFUMES



Me dejaste un aroma a almendras. Te dejé mi aroma de siempre.



Acaeció



Hubo que superarlo. Atravesar las alambradas del miedo y las infancias, y las caminatas, y las opulencias, y los macabros pecados. Saltamos limpiamente.



Ocurrió.



No lo hicimos, simplemente aconteció. Como el amanecer en el desierto de Gobi. O como la sombra en la Cibeles.



Ambos supimos que el momento era ése. No otro. Ni mañana, ni hace nueve días y treinta y seis minutos. Ni hace tres años, cinco meses, dieciséis días, ocho horas y once minutos.



Sobrevino.



Aprendimos. Summa cum laude. Pero sin alabanzas.



Fue natural, preciso, milimétrico. El acoplarse y pensar sin pensar en lo que el otro pensaba.



Se produjo.



Fue quirúrgico. El hollar una tierra extraña y descubrir un planeta apto para la vida. Te pusiste triste, pero sólo fue un breve eclipse. Como cuando te inquietás cuando se corta la luz, pero vuelve de inmediato. Y volvió la luz, la electricidad, una descarga a alta potencia.



Te pedí que lo dejaras en mis manos. Las mismas que te han tocado, apenas, ávidas de tu contacto. Y por primera vez en años, en siglos, en eones, sé que hacer con lo que tengo entre manos.



Sin embargo, volvimos a la normalidad, si es que existe algo normal en todo esto.



Ocurrió.



Y vos ahora estás tan lejos y acá; yo fumo y te pienso.



Y mientras vos te vas a alguna parte a mostrar quién sos, a mí la sonrisa se me incrusta como atornillada.



Me duele el brazo de tanto pellizcarme.



Pero vos vas y me decís... "acá estoy".



Entonces ya sé que no será un sueño.