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A ella (IV - El Salto)

lunes, abril 14

18 murmullo(s)  


En el precipicio, ella se esconde de los malditos recuerdos. Extiende los brazos y se tapa los oídos para protegerse de los piropos a destiempo.

Una asamblea de angustias pretende decidir sobre su libre albedrío. El viento del futuro le acaricia la mitad de la mente. Las estrategias han muerto y yacen bajo una tonelada de hojarasca. Justo debajo de sus pies descalzos de sabiduría hay una soga deshilachada. Tal vez la misma que ella utilizó para treparse a su disyuntiva.

Su pelo se mece desordenado. Es como si se hubiera despertado de un sueño helado, que nunca se duerme. Sus manos espantan al dolor por momentos, pero éste vuelve como un diente cariado, intermitente, difuso, persistente.

Ella me mira una vez, y cuenta los pasos que la separan de su destino. No es un largo proceso. Hay sólo uno. Un salto al vacío.

La atan a tierra firme años de marmórea paz, de rutina inexorable, de una dulce transgresión. La mano que mece una cuna lejana se esmera en callar, y lo consigue.

Ella se pone a prueba a sí misma en este momento, y quiere buscar un nuevo panorama, un nuevo abismo, para ver si es que las alturas la afectan realmente, o todo es fruto de su imaginación.

Ese abismo tiene un acento parecido al que se enfrente, a veces habla con su misma voz; y es un abismo actualmente alcanzable.

¿Y qué pasaría si este ocaso feroz nunca acabara? ¿Si no pudiera salir de esta caída? ¿Si el hecho de decidirse a saltar implica nunca llegar al suelo? ¿Es posible no hacer otra cosa que caer?

Sin embargo ella me lo ha dicho. Me ha contado que ha estado a punto de saltar sobre otros cañones, de hundirse en una nueva ánima oscura y húmeda. Y mi mohoso corazón sufrió otro salto. Se perdió un latido. Pero lo recupero con su primer “te quiero”.

¿Cómo no ser bueno para ella? Si ella te hace ser mejor, te hacer ser vulnerablemente invulnerable. Con ella, quiero ser un verdadero ser humano, y no esta máquina afilada y lustrosa en la que me he convertido, un aparato programado para evitar la distracción, para obviar el dolor.

Al fin y al cabo, ella está a un paso del abismo, rebotando en este trampolín hecho de espantos. La trama de la tela que la cubre quiere escribir su nombre. Él la mira de lejos. Nobleza obliga, también sufre. Pero cree que si se deja caer, se sentirá culpable tras el golpe. Y bajará a rescatarla. Él no sabe lo hondo que está todo.

Se enciende una luz, o un fuego no sé. Las escamas de mi piel atormentada se vuelven más duras. Más sólidas, más coriáceas. Se quiebra su voz.

Pero a mí me habla. A mí, que dejo de tener la dimensión subnatural de aquel al que han olvidado, para ser el hombre de su vida. Aunque su vida cambie por completo.

Ella va a saltar. Y yo estoy aquí, a su lado, incitándola a que lo haga.

Y aunque ella no lo sepa, le cojo la mano, y enfrentamos al abismo.

Por una vez, ella salta acompañada.

A ELLA (III)

martes, marzo 25

6 murmullo(s)  







Amanece.



¿Por qué conservo esa fascinación primal por la llegada del sol, es algo que no podré explicar.




Así como tampoco sé por qué se me hace un esguince en el corazón cuando te vas.



¿Por qué maldita, extraña razón, vuelve el miedo cuando me decís adiós? Un terror abismal, prosódico, marginal, licencioso, un miedo pánico a que no regreses.






Cuenta la leyenda que por haber robado el fuego, a Prometeo cada noche lo visita un águila que le come el hígado; el cual le vuelve a crecer cada amanecer.



Mi águila nocturna, hija también del Tifón, va más a fondo. Cuando te vas se come mi corazón, el cual solo vuelve a crecer cuando llega el día, y vos volvés.

Y me despierto con hambre de vos, con ganas de comerte las entrañas tibias de magnolias y margaritas, espléndidos matices del ocaso. Comerte como el águila lo hace cada noche conmigo, y que te quedes en mí, moteada de lunares y sudor, expatriada de toda otra cosa que no sea yo.






Y me levanto porque tu voz me lo ordena, y sonrío cada mañana porque tus ojos me lo recuerdan, maldita soledad acompañada.



Y cada vez que digo tu nombre, vuelvo a sonreir, porque tu nombre es a mi felicidad como la pimienta al estornudo; causa y efecto.






Y a veces siento que puedo alcanzarte con sólo estirar el brazo. Y otras veces me invade el terror porque creo que nunca podré llegar a tocarte.



Entonces me acosa la furia, una cólera implacable que hace odiar el carcer de la capacidad de bilocación, o al menos de la pura y simple locación instantánea, que me haga poder ir ahora mismo, sin demoras a tu casa, derribar tu puerta sin miramientos; y sin importar las consecuencias, ni las angustias, besarte al fin en medio de tu salón con la tele encendida, mientras echan CSI.



Y más tarde subirte a mi ilusión super sport y llevarte a dar una vuelta por la ciudad iluminada de oro y gualda. Abrirte la puerta de los sueños, e impedir la llegada de toda clase de desconsuelo.




Morderte los pies bajo la lluvia y besar tus labios azules de frío. Asesinar a la melancolía mientras cruzamos una avenida con los semáforos en rojo, y dejar ir al sinsabor por la alcantarilla

Amanece. Tengo frío.

Y sos lo único que puede abrigarme de este abatimiento.

A ELLA (II)

20 murmullo(s)  




¿Por qué me pasa que decirte lo que siento no me impide sentir lo que digo?
Tal vez porque mi vida de hoy sea un infinito de infinitivos, y la atmósfera galvanizada que te rodea sea un buen lugar para comenzar.
Mirarte hoy, es prometerme encontrarte cuanto antes. Cuando la madrugada adopta su nombre real, el de la oscuridad insondable, te pienso. Como siempre, como nunca.

Alterar las leyes invictas del tiempo y la materia… comenzar a besarte por ese lunar que me mira desde tu hombro derecho, asumir que tus pechos son el tapete donde apuesto lo que tengo y lo que nunca tendré. Recalar en el hueco, en el vértice que tu cabello le presta a tu cuello, y quitarte ese pañuelo de la cabeza para liberar tu pelo rebelde de sus oprobiosas cadenas.

Rellenar los hoyuelos de tus mejillas con jarabe de besos, recorrer las venas de tus manos con la punta de la lengua, morderte la nariz a traición, y pintarte los párpados con saliva.

Ser un esclavo de la textura de tus pezones, infringir las reglas de tu ombligo, esconder mi voz por un largo rato en la palma de tu espalda, masajear con aceite tus riñones, y beberme valiente el ricino de la idea de que aún no estás sola.

Morirme un poco cada vez que escucho tu voz, levantar las banderas de mi amor, como se levanta un teléfono, y se marca tu número.

Rapiñarle a la jornada un instante para sentirme tan tuyo que la sangre deja de fluirme para fluirte. Morder tus labios habrá de ser un big bang doloroso y urgente.

Y aquí estoy, enconado de ausencia; encañonado por el deseo de acurrucarme en tu cama, aun tibia para quedarme con lo poco que quede de tu calor, mientras te oigo ducharte, pared de por medio.

Me propongo no dejarte ir bajo ninguna circunstancia, romper un tálamo bajo el peso de nuestros deseos cumplidos, y seguir cumpliéndolos en el suelo, o en un rincón libre de recuerdos.

Caminar con mis pies desnudos sobre el suelo mojado del alborozo que será abrazarte oyendo la lluvia tenue de los escaparates, que no muestran nada que me interesa, porque todo lo que quiero comprar son tus suspiros.

Aterrizar mi boca en tu frente amplia, sosegada, y llenártela de besos y turbulencias. Comprender, que al fin y al cabo el universo empieza y acaba en tu escote, citarme con vos en un lugar que no existe, para hacer las maletas a algun lugar que nos encanta visitar. Y que no nos importa cómo se llama.

Alfombrar el suelo donde pisas, para que la carga estática que te atraviesa me enseñe que la fricción con tu piel es la única forma de escapar de este interminable deseo de hacerte el amor en todas las paradas del autobús, en todos los mares del planeta, en cada selva lluviosa, en la contiuidad de los parques, sobre el jardín donde crecen las flores del mal.

Confiar en que tus besos, como los que describe el poeta ciego, detengan el tiempo.

O como dice Lope, que besarte sea desmayarse, atreverse, estar furioso,aspero, tierno, liberal, esquivo,alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso…
O como la Reina de las Nieves, que besarte me paralice el alma.

Porque nadie me impide desearte como lo hago, de un modo más que grave, esdrújulo.
Y no querer curarme nunca de esta enfermedad asombrosa que me llena de sangre las venas…

Y hacer desaparecer los corpúsculos crepusculares para invitarte a una caña en cualquier bar. O comerme tu piel con albahaca y ron.
O simplemente, hacer lo que estoy haciendo. Esperar a que despiertes, y vengas a mi encuentro.

A ELLA (I)

jueves, marzo 6

6 murmullo(s)  






La chica pensó que podría tomar un avión sin más para ir a verlo.



Encendió un cigarrillo con un mechero verde y se aprestó a dormir.



Se tocó el vientre. Daría cualquier cosa por verlo crecer como una luna, por varias lunas.



Y la idea del avión se hizo menos difusa, más sólida. Pero luego, en una ataque de responsabilidad por el pasado, supo que debía acabar lo que había empezado.



No le temía al futuro, no. Le temía a este presente continuo, devastador, pedregoso.



Empapeló mentalmente el cuarto de flores violetas. Y mancilló mentalmente otra vez la nueva decoración con un vómito escarlata que olía a cocido rancio y seco.



Alivió el excremento del Lucky Strike en un cenicero de bronce. Se dio cuenta de que llevaba un buen rato en silencio. Finalmente, estranguló una colilla marrón y se escaqueó para ir al baño a lavarse los dientes.



Se sentó en el váter y volvió a azulejarlo en su mente. Esta vez con el color de sus ojos. Con el color de los ojos de él, que tal vez escriba estas palabras.



Un papel recordaba compras pendientes sobre la mesa del comedor. Sin saber a ciencia cierta los motivos, visualizó ese papel y pensó en qué pasaría si lo dejase estar. Si dejara todo eso pendiente, sin hacer, irresoluto hasta que el folio se amarilleara, los trazos garrapateados con boli verde se borraran y finalmente el papel se degradase en pequeñas escarchas de celulosa.



Sin moverse del lugar, abrió los ojos de repente, una miríada de luciérnagas naranjas, como la camiseta que llevaba y nada más. Y tras las luciérnagas, pudo ver un océano plateado, unas islas volcánicas, y mas agua verde de la que podía imaginarse.



Se levantó, casi aterida. Descalza de toda ilusión, desnuda de toda fantasía. Entonces decidió buscarse una para que la ayude a dormir. Encendió otra vez el mechero, esta vez para incendiar una hierba. Aspiró profundamente y pensó en un sueño tranquilo, sin pesadillas y en un pecho masculino que nunca había tocado.



En el mismo instante, en otro lugar, el dueño de ese pecho pensaba en los pechos de ella, para esconderse de su espanto. Y construir un castillo de besos y mordiscos.



Al acabar, apagó su cigarrillo de hacer dormir en las turbias aguas estancadas bajo sus muslos… y escuchó el chasquido de la lumbre al morir de un fallo multiorgánico de combustión premeditado.



Se levantó y sus rodillas crujieron. Su cuerpo le hablaba de a ratos. Caminó casi sin apoyar la planta de los pies, como si en vez de hollar el suelo helado, se tratase de arena hirviente, casi lávica.



Cruzó una puerta. Aún quedaban resquicios del sahumerio de la tarde. Se llenó el alma de ese aroma que podía llevarla otra vez a través del mar.



Encendió la luz, y pese a que sabía lo que vería, no pudo evitar sobresaltarse.



Ahogó un leve grito.



Había un intruso en la cama.



Un desconocido, que no querría irse. Y una idea ensordecedora le gritaba en la cabeza, y se iba dibujando en el interior de su hueso parietal.



Tal vez, haya llegado el momento de dar vuelta el colchón y convertir las penas en retazos de felicidad. Tal vez haya llegado el momento de darle la vuelta a la vida. Pero para eso -ella lo sabía, y sonrió tristemente mientras lo pensaba-, necesitaba algo grande.



Muy grande y pesado.



Hacía falta un avión que pueda cruzar un océano plateado.