
Una asamblea de angustias pretende decidir sobre su libre albedrío. El viento del futuro le acaricia la mitad de la mente. Las estrategias han muerto y yacen bajo una tonelada de hojarasca. Justo debajo de sus pies descalzos de sabiduría hay una soga deshilachada. Tal vez la misma que ella utilizó para treparse a su disyuntiva.
Su pelo se mece desordenado. Es como si se hubiera despertado de un sueño helado, que nunca se duerme. Sus manos espantan al dolor por momentos, pero éste vuelve como un diente cariado, intermitente, difuso, persistente.
Ella me mira una vez, y cuenta los pasos que la separan de su destino. No es un largo proceso. Hay sólo uno. Un salto al vacío.
La atan a tierra firme años de marmórea paz, de rutina inexorable, de una dulce transgresión. La mano que mece una cuna lejana se esmera en callar, y lo consigue.
Ella se pone a prueba a sí misma en este momento, y quiere buscar un nuevo panorama, un nuevo abismo, para ver si es que las alturas la afectan realmente, o todo es fruto de su imaginación.
Ese abismo tiene un acento parecido al que se enfrente, a veces habla con su misma voz; y es un abismo actualmente alcanzable.
¿Y qué pasaría si este ocaso feroz nunca acabara? ¿Si no pudiera salir de esta caída? ¿Si el hecho de decidirse a saltar implica nunca llegar al suelo? ¿Es posible no hacer otra cosa que caer?
Sin embargo ella me lo ha dicho. Me ha contado que ha estado a punto de saltar sobre otros cañones, de hundirse en una nueva ánima oscura y húmeda. Y mi mohoso corazón sufrió otro salto. Se perdió un latido. Pero lo recupero con su primer “te quiero”.
¿Cómo no ser bueno para ella? Si ella te hace ser mejor, te hacer ser vulnerablemente invulnerable. Con ella, quiero ser un verdadero ser humano, y no esta máquina afilada y lustrosa en la que me he convertido, un aparato programado para evitar la distracción, para obviar el dolor.
Al fin y al cabo, ella está a un paso del abismo, rebotando en este trampolín hecho de espantos. La trama de la tela que la cubre quiere escribir su nombre. Él la mira de lejos. Nobleza obliga, también sufre. Pero cree que si se deja caer, se sentirá culpable tras el golpe. Y bajará a rescatarla. Él no sabe lo hondo que está todo.
Se enciende una luz, o un fuego no sé. Las escamas de mi piel atormentada se vuelven más duras. Más sólidas, más coriáceas. Se quiebra su voz.
Pero a mí me habla. A mí, que dejo de tener la dimensión subnatural de aquel al que han olvidado, para ser el hombre de su vida. Aunque su vida cambie por completo.
Ella va a saltar. Y yo estoy aquí, a su lado, incitándola a que lo haga.
Y aunque ella no lo sepa, le cojo la mano, y enfrentamos al abismo.
Por una vez, ella salta acompañada.


