Le apetecía volver.
Dio varias veces la vuelta a la manzana, porque sabía que desdecirse era su modo de vida. Pero hoy, sentado frente a la tercera tostada con queso blanco, supo que alguna cosa debía ocurrir. Alguna que lo hiciera sentir cómodo con su entorno.
Al fin y al cabo, se había quedado sin nada. Todo se había hecho añicos. Por primera vez por decisión propia.
Y esa nada era tan valiosa que supo que era un cambio invaluable.
Despreció el desamor, la rutina dolorosa, la constante humillación, la conciencia de sus propios horrores... el espanto de no saber en qué almohada apoyar la cabeza.
Echar lastre. Almidonar los recuerdos más berretas. Asar a fuego lento las frustraciones y esconder el maldito disfraz de una puta vez.
Volver a nacer. Escapar, y estar a salvo. Estar de vuelta de uno mismo.
Porque cuando todo se acaba no sólo puede haber algo nuevo.. También puede haber algo viejo que se había olvidado.
Algo ha recomenzado.
O mejor dicho... algo des-finaliza.
Foto: Ruta 52, Salinas Grandes, Jujuy, enero de 2001
