martes, diciembre 19
martes, diciembre 12
Desde la posición de reposo.
Algo puede conseguirlo. Una mosca insignificante. Un recuerdo. Un deseo incumplido. Un silencio indebido.
Pero especialmente puede lograrlo una palabra.
La ira es un pecado en el que no suelo caer. Pero si me ocurre, me revuelco en ella.
Descargo mi furia contenida, por semanas, meses, incluso años, y me suelto.
Me desnudo por una vez, y ahorco con mi corbata nueva (sí, la negra de pintitas...) a la chica de la limpieza.
Escupo sobre las estrelitzias nuevas que nos costaron tropecientos euros, y pateo al señor de la silla de ruedas.
Me embriago en patear sillas y cajas de folios. Destruyo aquel informe que costó semanas y formateo el disco duro de la facturación.
Y con toda la furia de la que soy posible... fracturo las falanges de un guiri que se lo venía buscando.
Furibundo, enloquezco y doy vuelta las mesas de los bares, sin importar su contenido, ante la mirada atónita de los camareros. Frenético, ensillo los caballos del dolor, y coceo a la dependienta del banco que tiene un diente apenas roto, y le queda tan mono para rompérselos del todo.
Irascible, me dedico a insultar a cualquiera que ose llamar al teléfono, y le cuelgo a quien me llame al celular. Delirante, empujo a la ancianita y arrojo a la cuneta al niño.
Como un energúmeno, me dejo llevar por el desenfreno de las palabras cortantes y maliciosas, despacho a un gato y pateo a mi propio perro, que no entiende lo que pasa.
Encrespado, me elevo sobre mis propios zapatos y me siento deshacer en trifulcas. Enajenado, me impulso sobre los archivadores y los abollo inexorablemente aunque aguanten el embate durante un tiempo.
Trastornado, violo los sellos de las galletas danesas y las dejo abiertas para que agarren humedad. destrozo las bolas del árbol de navidad. Mato al jardinero de mis dilemas. Espachurro las envolturas de los post-its y maldigo a los bomberos que me quieren vender rifas y a los recolectores de residuos que quieren venderme bolsas a precio de oro.
Iracundo, me siento capaz de cometer toda clase de atrocidades: doblo todos los clips para hacerlos inutilizables. Le pongo edulcorante al mate. Me pongo una camisa celeste con un pantalón marrón. Pongo los pies sobre la mesa, y hablo con la boca llena.
Fiero, terrible, así me siento.
Exasperado, inflamo dos sahumerios a la vez, y completo el sudoku metiendo dos nueves en el mismo recuadro y tres ochos en la misma linea. Me hurgo la nariz y deslizo patés sobre la superficie impoluta de la moqueta.
Indignado, me siento inane ante las noticias de asesinatos en Irak, y la muerte del viejo dictador genocida me da igual sólo por un segundo. Enfurecido, destruyo todos los diskettes de 5 1/4 que eran un recuerdo de noséquien. No me duele escribir en azul enun formulario oficial, y firmar con una margarita.
Irritado, me sueno los mocos haciendo ruido, y echo desodorante de ambientes sobre el queso de Burgos. Enojado, me siento capaz de decirle "no" a esa flaca fea que quiere que le mande un fax.
Impetuoso, pongo los papeles de un cliente en la carpeta de otro. Mato pajaritos con la mirada violenta. Excesivo, contesto a una encuesta telefónica que nunca he mirado ni miraré los documentales de la 2 y que me gusta el canal autonómico valenciano.
Apasionado, me dejo la barba aunque se me vea feo. Exaltado, llevo por segundo día consecutivo zapatos con vaqueros.
Vehemente, me dejo llevar por la ira... y se siente... más o menos bien.
Arrebatado, piso el césped donde está prohibido, y giro en contramano. Me tocan bocina y me importa un carajo... porque me siento furioso, iracundo.
Y todo porque no estás conmigo.
viernes, diciembre 1
lunes, noviembre 27
Definición: La envidia es una emoción experimentada por aquel que desea intensamente algo poseído por otro. La base de la envidia es el afán de poseer y no el deseo de privar de algo al otro, aunque si el objeto en cuestión es el único disponible la privación del otro es una consecuencia necesaria.
Envidia.
Me parte el pecho saberte tan lejos y tan ajena.
Envidio a aquel que puede ver tus despertares, a aquel que comparte tus sueños. Aquel que comprende cada uno de tus gestos.
Envidio al suelo que enfría tus pies de madrugada, al sol que puede tocarte sin herirte.
Tengo celos de quien puede abrazarte si hace frío, o mojarte de besos en las noches serenas.
Inmunda rivalidad que aparece en mi piel cuando no puede alcanzarte. Asumo mi dolor, y lo expongo.
Envidio a quien tiene tantas siestas con vos en sus espaldas, y a veces desaprovecha la ocasión de disfrutar algunas.
Rencor ingrato por saberte mía y no tanto.
Envidio aquellos momentos que preceden al abismo de tus orgasmos, aquellos sonidos que sólo él escucha e incluso a vos te está vedado.
Codicia por tus pies infinitos, tus rodillas intensas, tus muslos agónicos, tu cintura cósmica, tu pelo enredado.
Apetencia infame, lagunas de angustia por cada suspiro que no está en mi oído.
Posesión desprendida. Envidia solitaria de mi piel bajo la lluvia.
Envidio a ese cigarrillo que pende de tus labios. A esa luz que te rodea, a esas manos, que pueden tocarte siempre que lo desean.
Apetencia de tu alma, deseo de tu cuerpo, pasión por tus límites y tus excesos. Apetito por esa voz que parte los cielos y apaga los cuerpos.
Dolor por aquellos que al verte pasar no se dan cuenta que sos vos, que sos Ella. La del lunar, la de las botas, la de la falda, la de los libros... la del banco del parque. La de los besos soñados.
Y alivio... al fin, al comprender que todo es cuestión de paciencia.
Al fin y al cabo... no sos de nadie.
Por eso sos tan mía.
sábado, noviembre 25
Duele.
Es una increíble tortura querer (te) seguir el ritmo.
Arde el espacio sin tu voz. Escalda la dicha compartida. Me creo el rey del universo cuando te abrazo... y el mismísimo Dios cuando tus sentidos están acaparados por los míos.
Hace daño pensar en si algun dia el cosmos me da la oportunidad... podré salir victorioso a mostrar mi conquista. Porque no es eso lo que quiero. En mi soberbia infinita quiero quedarme con ella, y esconderme en la mazmorra de mi nueva soledad compartida.
lunes, noviembre 20
miércoles, noviembre 15

Comodidad... impedimentos de moverme porque estoy recostado en tu pecho
Molicie, insensato cansancio al desvanecerme en tus pecas de angustia.
Galbana, flojera y desazón en las ganas de tirarme en tu cama a esperar el amanecer, tumbado, mientras cuento tus vértebras.
Me dejo llevar por el deseo que hace todo por mi, mientras los malos recuerdos se enmohecen y se requiebran en malditas tumbas.
Indigencia de movimientos, pobreza de acción... solo quiero estar... permanecer, ser un ser... siempre a tu lado.
Somnolencia infame que agota mi recuerdo. Maldita música desvencijada destinada para el amor perezoso y bello.
Vagancia de estilo, de noches, de curvas peligrosas. Impotencia calculada. Infaltables miradas descarnadas asesinadas canceladas por tus andadas.
Ociosidad perniciosa. Maldita dejadez de todo, menos de los deseos. Extrema castidad de movimientos. Inactividad infinita. Deliciosa e inestimable piel que me apoerrea el alma.
Inacción indisoluble que me permite la mística muerte de mi boca azul en cada uno de tus dedos.
Inercia estupenda que me empuja a descubrir cada palmo de la geografía de tu boca
Ocio delator de adversidades, implacable luz de la paciencia. Quiero alcanzarte y no puedo moverte.
Holganza atroz envenenada, que me inmoviliza como un venado atravesado por la flecha asesina de tu risa y tus palabras mágicas.
Magia de haraganería difusa que se desplaza como dentro de un frasco de miel... pero puede verte al otro lado del cristal.
Roncería patidifusa... inmovilidad patética... paparulismo invidente... chitrulez indecente... bobería irredenta.
Pachorra pretenciosa, Inmunda lentitud calculada, como una bandera trepando en su mástil. Como las caricias maliciosas que me venís prometiendo. Tardanza irrelevante.
Abandono perpetuo y doloso. Dejadez licenciosa.
Apatía al leer tus palabras en cada contacto, Indolencia magnánima, Flojedad preciosa de mis piernas al oirte...
Llegaste a mi vida.
Y por fin me muevo...




