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5.- LA PUERTA

jueves, febrero 7

12 murmullo(s)  




La puerta se abre, despacio, con un ruinoso crujido de falta de tresenunos y arenas que se inmiscuyen.


No se ve demasiado, sólo se escucha una voz conocida, una voz metálica y cálida que me invita a atravesarla.


La puerta es fría y moderna; amplia y mínima. Muerde con sus goznes algunos de los flecos de mi esperanza y me enseña que tal vez, sólo tal vez, hay algo de aquel lado.


Te conté de la puerta, no podía esperar a hacerlo, porque se supone que es algunas de las cosas que buscaba. Y vos sonreíste triste; y a pesar de que siempre quisiste que me quedara de tu lado, que te sorprendiera quedándome sentado en el sofá que nunca he ocupado, me decís que la cruce a pesar de todo el dolor.


Y tus manos suaves y perfumadas me retienen un rato más, agarran mi cara hirsuta y llorosa para poder verme una vez mas a los ojos, y yo me dejo ver; por una primera puta vez me dejo ver por vos, porque vos sos la única que puede llegar adentro de eso que llaman alma. Y nos callamos ambos a la par, y pensamos, y vos me hablas de tus miserias, que me encantan porque son tuyas; y yo me caigo de rodillas y de hinojos te prometo que no cambiará nada más que la situación física. Y me muerdo los labios porque no puedo morder los tuyos, y te acaricio los pómulos para aprendérmelos de memoria, y vos sonreís con una pena tan grande que una supernova se queda así acurrucadita asustada; y sos tan linda que sonreés que me muero por decirte cualquier otra cosa que cause ese efecto en vos a pesar de la infinita línea que nos separa, hecha de cualquier cosa, de tachos de basura y cuchas de perro, de océano y de arena y de oleoductos, y de montañas erosionadas y de monumentos a la bandera, y de ferias, y de mentiras aplastadas, y de caramelos de frambuesa y de chicles jirafa. Y se escancia la última copa para acabar con esta botella amarga que es mi vida estos últimos días. Y me muevo despacio, muevo una sola vez mi cadera haciendo una parodia de cuántos movimientos son posibles si me quedo quieto. Y quiero escuchar Brahms con vos, y mirar el Guernica de Picasso, y esconder bajo el sillón una botella de ron Cacique, y encontrar una cubetera a mediollenar, de hielos desastrados, y martillearte el cuello a besos, y recordarte que me gusta tu pelo tanto como me gusta la voz que a veces nos une a traves de los kilómetros. Y que me digas que cuando transpirás olés bien, y que nada te importa si me querés, y que tu lugar es donde esté yo. Y que yo me ponga colorado solo de jugar a aprehender la idea. Y que respire sólo cuando me decís algo, y me quede sin aliento sólo si no me hablás. Y que me digas que vos tambien estás llegando a un final del camino, y que me digas que la luz de la que hablamos no es nada comparado con la luz que sale de tus piernas cuando caminás por el Paseo. Y que no tenga vergüenza para decir que tu culo es hermoso, cuando debería decirte otras cosas como "estoy acá, no me voy". Y que... me digas que sí, que me seguirás queriendo apesar de todas las puertas, de todas las putas puertas del mundo. A pesar de la puerta del sol, de la puerta a una nueva dimensión, de la puerta de Alcalá, de la puerta de Brandemburgo, de la puerta de hierro, de la puerta de tu casa, todas puertes fácilmente elegibles por mí... vas y me decís que cruce ésta, justo esta puerta.


Y miro hacia delante, cierro los ojos y doy ese paso. Casi un paso al vacío.


La puerta está ahí, y el tamaño de mi esperanza es tan grande... que sé que vas a estar al otro lado.


En el umbral.



4.- LOS DADOS DE DIOS.

lunes, enero 28

15 murmullo(s)  





A ella, que sabe que siempre es para ella.

A veces, aunque no lo creas, Dios juega a los dados. Tiene unos dados raros, el cabrón. Unos dados que sólo él sabe interpretar. Así que nunca sabés si ganaste o no.


Aunque da igual.


La casa siempre gana.


Hace unos días, ella apostó. Y aunque no cree en ningún dios, tal vez salvo en su propio dios.


Como no me está dado saber cual fue el resultado, sólo me atrevo a reflexionar en base a sus expectativas.


Ella cree que Dios, o quienquiera que sea, es un pésimo croupier. Y yo estoy de acuerdo con ella.


Pero siempre uno puede recuperarse.


Ella sabe jugar.


Se pone su sweater verde de cuello alto y se levanta cada mañana a buscar un tapete.


A mí me encantaría acompañarla, pero ella tiene otro compañero de juego, y a veces la distancia se toma represalias.


Otras veces, como todos, ella no tiene ni putas ganas de jugar. Y ese día no habrá mesa. Aunque le pidas por favor que se siente mientras se baraja.


Los dados de Dios están cargados.


El Geómetra implacable siempre saca lo que quiere.


Ella discute las apuestas.


Sabe jugar fuerte. Y aunque tenga malas chances, ella llega hasta el final, apurando sus fichas, incluso por alguno que se cree el único pero ni siquiera es uno de ellos.


Ella quiere obtener un montón de cosas cuando juega. Cosas que sólo pueden comprarse con las fichas del casino de Dios.


Una sonrisa, una caricia de madrugada, una sopa de gambas, un hijo, la ansiada paz.


Y quiere morder al mundo, arrancarle a jirones lo que desea.


Porque alguna vez se subió a las faldas del dolor para darle una paliza, y devolverle lo que el maldito dolor le ha quitado.


Ella no cree que cada hombre que pasa sin detenerse es una historia de amor que no se concretará nunca.


Ella descree de las palabras de amor, porque elige los hechos de amor.


Ella le hace el amor a su silencio. Y yo quiero hacerle el amor a ella, saliendo de esta atmósfera rígida e insolvente. Enseñarle partes de su cuerpo que ya ha olvidado, y conseguir que vibre de una buena vez, para que yo vibre a la par.


Ella juega con los cascados dados de Dios.


Ella mantiene su esperanza intacta guardada en un cajón con telarañas.


Se toma un helado con el deseo, y se come hasta el barquillo.


A mí me encantaría mirarla dormir y sonreir como nunca.


Ella juega a los dados, con los dados agrietados de lo que ellos llaman Dios.


Y no sabe.


No sabe que hizo su mejor apuesta.


Ella apostó por mí.


Es una apuesta a futuro.


Tal vez sea una apuesta que nunca se cobre.


Pero yo, a pesar de todo, quiero que gane.

3.- SÓLO UNO MÁS

miércoles, enero 16

13 murmullo(s)  


A aquella que me ha cambiado algo más que los pañales.


Los médicos dicen que es un síndrome temporal.
Se trata de la "depresión de los nervios superiores con disminución del control motor, estupor, pérdida de la coordinación y con frecuencia náuseas, deshidratación, y cefalea".

Ella se despertó y tenía todo eso y algo más. Sabía que nadie podría comprender.

Se dirigió al baño, y ni siquiera tuvo que esforzarse. Olía mal, pensaba mal, sentía mal. La descarga fue frenética, inesperada, casi jactanciosa. No sabía dónde estaba, sólo que estaba sentada en alguna parte haciendo de vientre con un dolor que trascendía a sus tripas. Para su cerebro daba igual si estaba en Odessa o en Rosario; en New York o en Estambul.

Su dignidad estaba en Atocha, En Retiro, en la Grand Central o en Constitución esperando un tren a ninguna parte,

No era por diversión. No era un entretenimiento. A veces tenía un motivo. Uno sólido. Otras veces su motivo era precisamente la ausencia de ellos. No tenía razones. Una buena razón para volver a hacerlo.

No lo hacía delante de la gente. Se sentía demasiado culpable para ello. Pensaba que todos la miraban. Y aunque algunas veces así era, la mayoría de ocasiones no interesaba. A la gente no le interesan esas cosas más que por una morbosa razón: la misma que te invita a mirar el accidente de cerca.

Y éste era un atropellamiento de los buenos: una vida mutilada, desangrada, retorcida, el desamor en línea plana.

Y todos piensan lo mismo que habrá pensado Noé al verse descubierto por sus hijos, avergonzado y humillado.

Todos son escépticos. "Es una vergüenza... es una pena". "Aún es joven". ¿Cuándo fue la primera vez? Algún abuelo que te invita, como broma familiar, una escapada con amigas, una noche de soledad, con el vacío de los hijos gritándole al oído, una tarde de siestas y películas por cable.

Ahora eso es irrelevante. Sin importancia.

Minúsculo.

Nadie se atrevería a calendar ese debut. No habrá sido un día de fiesta.

La acidez le encoge la garganta, el esófago y el alma. Acidular los recuerdos, hacerlos pequeños, caleidoscoparlos, estrujarlos hasta que se hacen un bollo inintelegible. Ahogarlos y ensuciarlos.

Pero cada vez que ocurría, no sólo asesinaba los malos recuerdos, en la misma operación estrangulaba los buenos motivos, las cosas qué celebrar.

Linchaba en el mismo acto los buenos y malos tragos.

Y en ese manicomio de neuronas embotadas, comprendió que no podía ponerse de pie.

Agua en Buenos Aires, radicales hidroxilo en cada brazo, en cada gota de su sangre.

¿Cómo enfrentar la muerte con dignidad, si uno no puede pararse para recibir el tiro del final? Un gusano, un equiúrido, una serpiente hecha de cristales filosos se le metía en las venas con cada latido.

Es que hay días en que una se quiere morir. Tal vez sea lo más ventajoso. Para qué esperar un quincenio o dos, si uno puede acabar con la miseria, apostando todo a un sólo color.

El rojo color de la sangre de la fruta pequeña y maliciosa.

Nada de morder manzanas, ni partir peras, ni pisar un plátano, ni rascarse el higo, ni ponerle la fresa al postre.

Hay un racimo de razones, verdades como puños, sin olvidar que la más importante es que no hay razones. Por algo la adicción es "aquello que no se nombra". Es hora de alistarse al ejército de desesperados, de olvidados, de los descreídos.

Porque somos Legión.

Pudo levantarse, no sin esfuerzo. Conquistó a esa temible e invencible fuerza que acelera a 9,8 metros por segundo. Venció pírricamente a la gravedad. En este momento, el cuarto de baño se convertía en su territorio, en su propiedad. En un breve califato con un lavabo como oasis, un inmundo trono, y un mar cuadrado donde uno puede bañarse si lo desea.

Y ella lo deseaba.

Aquéllo era lo que más deseaba. Abrir el grifo inferior. Sentarse en posición de loto, y ocultarse del resto del universo bajo el potente y helado chorro de agua que no sabe de delirios, ni tremendos ni de los otros.

Sólo había dos pasos hasta la ducha, y doce pasos hasta el exterior. Sea lo que fuese lo que los demás llamaban exterior.

Trastabilló. Cayó, rodilla en tierra en el suelo húmedo del baño. Metió la mano hasta el fondo en el inodoro. No era la primera vez que tocaba mierda en ese día.

Cayó sobre sus propias miserias. Y -si yo hubiera estado allí-, como hizo el gran Alejandro a la muerte de Bucéfalo me preguntaría ¿Es que existe un Dios que pueda permitir algo como esto?

Si pudiera hablar con él, lo agarraría de sus divinas solapas, y escupiéndole en su divina barba le gritaría en su divina cara en qué mierda estaba distraído para que estuviese desatento con ella.

Sigue rodilla en tierra, meditabunda. Su dolor se desdobla. Sin origamis a la vista. Las grullas colarán en otra parte.

Está harta de la demagogia familiar. "¿Cómo permitís que pase esto?" "¿Vos sos consciente del daño que te hacés?" "La vida es bonita... es un desperdicio". Bullshit.

Ella quiere alzarse en armas contra ese gobierno de blandos. Aunque se lo piensa, y desea hacer una excepción o dos. El triunvirato suspira y no mira para otro lado. Por primera vez en mucho tiempo no hay reproches ni gendarmes. No hay persecución ni detectives en pantuflas.

Y por una razón que está mas allá de sus entendederas, por un motivo hijo de la costumbre, siente aún más culpa. Una culpa que debe ser entorpecida con algo.

Ella no sabe que este camino, este vía crucis de caídas y recaídas es recorrido por quinientos millones de seres como ella. En Lisboa y en Sacramento, en Caracas y en Madrid.

Se habló a si misma en el silencio de la habitación azulejada.

-Nunca más.

Le contestó el eco de su propia voz, rebotando sobre la brillante, espejada superficie que le devolvía su imagen demacrada y obcecada.

- Nunca más.

Hasta que vio, a pocos metros el verde recipiente, a medio transfundir. La maldita fuente de modorra. El odioso néctar.

Sólo un trago más.

El último trago.

Sólo por hoy.

2.- Y SIN EMBARGO...

4 murmullo(s)  



Se imaginó colgando, a merced del viento.

Latiendo, lamiendo la furia. Bajo un cielo de nubes escasas y cotizadas.


Anoche habían llovido demonios y saxofones. Ambos estaban extrañamente silentes.


Y a pesar de todo, entre los rayos y los retruécanos... alguien pedía que otro alguien se atreva y salga del clóset.


Flotaba. Todo lo posible.


Relámpagos XXL, maniobras orquestales en la oscuridad.


Se descosió el cielo, y no había overlock que valiera. Piscinas enormes destartalándose. Una cama bajo techo. Millones de personas dormían a pata suelta, mientras un puñado de miles acompasaban sus suspiros, sin síncopa.

Esperpéntica escena de verano. Caracoleando sobre un colchón iluminado por la ausencia, decir tu nombre es repetir un mantra.

Sacudo la cabeza, extrañado. Escondía las sonrisas de los depredadores. Me senté a ver girar el mundo de una buena vez. Y supe que era bueno.

Cambiar las tornas al cielo, escribir la paradoja de tu voz...

Porque la paradoja de tu voz es morirme por escucharte, y por besarte a la vez. Y ya sabés que las bocas ocupadas en besos no pueden hablar.

Céfalo y Procris.

Soy el perro que no pierde pieza, y la zorra de Teumesia. Y soy esta tormenta diminuta para lo que llaman Dios, y enorme para lo que llaman gente. Porque los rayos siempre dan en el blanco.

Cuelgo de la soga... soy la pinza que sostiene mis ideas para que se sequen al sol. Wash and wear.

Pero ahora llueve, y sigo colgando. A merced del viento, de la lluvia.

Y de la paradoja de tu voz.

Porque una palabra tuya bastará para sanarme.

I.- SARDINAS EN MACETAS

lunes, enero 14

5 murmullo(s)  


A la Primera Mujer.





Se despertó en plena madrugada, ametrallado por los mosquitos.


Estaba soñando con una maceta llena de relucientes, fragantes, metálicas sardinas vivas.


Apenas movían la cola y las aletas dorsales, así que tal vez estaban en los últimos momentos antes de cruzar la frontera de pez a pescado.


Podía recordar el césped recién cortado... la sensación de sus pies descalzos sobre la humedad, y el reflejo tornasolado de las sardinas.


Pero también podía sentir la ausencia de la yema de sus dedos recorriendole esa gota de sudor que perezosamente descendía por su vientre. Unas manos de dedos largos, un delicado anillo con una piedra pequeña y bonita... sus dedos estilizados y rectos, y la piedra en diagonal, reclamando el brillo ante las sardinas de la maceta.


¿Cómo es posible percibir la ausencia de algo no experimentado?


Da igual, en medio de la madrugada, mientras la vanguardia de mosquitos se disponía a un nuevo vuelo rasante, ella le hacía falta como un cuenco metálico con agua helada y limón, la necesitaba como sólo pueden necesitarse pocas cosas en la vida... un beso de tu madre, una ducha tibia, un café cargado de buena mañana.



Pero ella no estaba allí porque su ausencia era clamorosa como una sirena rasgando la noche.


Y creía que nunca se cansaría de pensar en ausencias.


Se levantó y sus pies rasgaron ahora el suelo sucio de milagros. Porque desde un tiempo a esta parte, resulta que los milagros se le caen de las manos. Milagros de Resurrección, de reencuentro, de recuperación, de memoria.



Apartó cuidadosamente otro de sus milagros (uno nunca sabe cuándo puede llegar a necesitar uno de ellos) hasta que quedase recostado contra el rodapies, y caminó sobre las líneas enemigas hasta el baño. Al levantarse tuvo nostalgia de su voz inaudita. De su boca, del ph de su saliva, de la curva de sus labios, de esa sonrisa que a ella a veces la acompleja absurdamente.


Al fin y al cabo, tuvo nostalgia de otro milagro.


Porque él ha tomado centenares de miles de cafés... ha comido al menos una docena de veces en restaurantes indios, ha caminado muchas veces por capitales europeas, ha bebido millares de cervezas y ha tomado miles de trenes.


Pero nunca como aquella vez.





Porque fue una vez que equivale a milagro.





Abrió la puerta corredera, el ventilador seguía funcionando entonando su letanía de susurros. La tele descansaba de su diario trajinar de tareas forzadas.



Atravesó la casa, y salió al jardín exterior.


Creyó ver un reguero de sangre. Gotas enmascaradas en la oscuridad. Muchas.


Encendió un cigarrillo pese a su boca pastosa. Probablemente en ese momento ella estuviera haciendo lo mismo, teniendo en cuenta los husos horarios, y los usos personales que conocía de ella



Husos y usos. Ilusos.



Volvió a mirar la sangre y empezó a intentar imaginar de dónde venía. A quién pertenecía.



Pensó en un ladrón que quedó atrapado en la verja, en un perro hiriendo a otro, en una pelea de borrachos.





No había forma de saberlo. La sangre comenzaba allí y de ahí no se iba, justo a la entrada de su casa.



Se sentó en el banco del jardín... atropellando a media docena de miembros de la retaguardia mosquiteril. Estiró las piernas y su mente se llenó del cabello de ella, de su mirada, de la curva de su cadera... que aún no había tocado.


Y se olvidó por un instante de la sangre.


Seguí siendo un misterio.


Apuró el cigarrillo hasta el filtro. Y se recostó contra el respaldo del banco, mojandose la planta de los pies, y apurando hasta el final sus recuerdos de ella.


Iba a volver a la cama, cuando la vio.


La paloma había muerto en pleno vuelo. Había perdido su corazón integro de algún modo. Las gotas lo atestiguaban.



El se levantó despacio... hasta que comprendió.


Al menos quiso comprender.


No quiso pensar en una injusta muerte casual.


Supo que ella, le enviaba su corazón por el aire. Y la paloma era, naturalmente mensajera.


O tal vez sea una idea suya. Tenía que serlo.


Recogió la paloma despacio y llenándose las uñas de tierra, la sepultó ceremoniosamente.


No limpió las manchas de sangre. La próxima tormenta de verano la lavaría.


Decidió creer que ella le enviaba su corazón.


Volvió lentamente a la cama pensando en una manta verde que era como llegar a casa, y con sardinas en macetas.


Pronto amanecería.


Y no quería estar allí para verlo.