Alguien se ha enamorado. Escondámoslo.
Se ha circuncidado un sueño. Dejémoslo sangrar.
Se ha perdido un niño. Oigámoslo gritar.
Una forma de multiplicarse.

Es extraño, con los ojos cerrados podés encontrarme.
Tengo el perfume que te gusta. Y es otra casualidad.
Tu nariz se acerca a la mía. Y mi lengua huele a la tuya, y me decís que huelo a tierra mojada después de la lluvia.
Y mis ojos huelen al desodorante de tu coche, un espacio que no sé si soñé o no. Y los semáforos huelen a frambuesas, limón y olivas. Y a besos desesperados de una luz de duración. Que duran en mi mente un año, luz.
Y tu boca se aprende de memoria la mía.
Cada mañana, desde hace unos días la distancia tiene la esencia de la noche que no pudimos comenzar nunca. El bálsamo infinito de la luz que despierta cada vez que me mirás.
Sé que huelo a sudor y a sombra. Sé que huelo a cigarrillos rancios y a nostalgia. Tu boca me besa y huelo a vos. Tu piel esconde la concentración de cada palabra balbuceada entre hocicos húmedos y presuntuosidades.
Y aunque sólo sos una foto, o la pequeña estrella que late a mi regreso cada noche, la bendita luna que se asoma a cientos de kilómetros, sé que cada mota de polvo huele a mí, porque huele a vos.
Huelo a luna en la sierra, a tierra de los caminos, a arena de los médanos, a piel húmeda de lluvia. A vino tinto, a foie...
Y cada vez que me siento bien, que elijo seguir viviendo... que recobro el rumbo, una leve brisa llega a vos.
Lo sé.
Un aroma que te invade.
Huele. A vos.
Huelo. A vos.
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